NAYRA

Nayra

Quisiera ser tal alta como las cimas que dibujan tus ojos,

niña que todo lo cree;

como las certidumbres perfiladas por tu lengua de palabras nuevas,

de evidencias inventadas.

Y es que yo custodié tu cuerpo desde el embrión,

bosquejo impreciso de alegría incauta.

Yo adoré el milagro y lo común,

el sueño y la vigilia de tu piel recién esculpida.

Como una fuente de significados

te inundo de sabidurías particulares,

de instrucciones y cobijos de algodón,

de anhelos elegidos para tus labios plenos de estrellas.

Y por las noches me visto de guerrera,

niña que todo lo cree;

de negro salgo a cazar fieras que solo habitan en mi cabeza,

a matar lo que un día pudiera acecharte a traición.

Al tiempo diviso limpio el camino,

hastiadas las fuerzas de mis manos,

zarpas jornaleras en la edificación de tus proyectos,

aderezo dulce de fantasías.

Niña que juzga y sentencia,

que busca y mamuja de mi pecho abierto,

del calostro que conservo para ella,

solo ante su rastreo de guiños infantiles.

Dame veneno para morir de tu boca,

dame alas para estrellarme en tu cielo,

dame profundidad para ahogarme en tus aguas,

dame…, niña que todo lo cree.

Quedarás con el pellizco que arrancaste,

con la carne que mordiste de mi cuerpo

(desde entonces incompleto),

descendencia que descifra lo que pocos comprenden.

Se desmayan los colores de mi rostro,

los perfiles y las pronunciaciones.

Se borra con la muerte

lo que pretendí o llegué a ser.

Silencio, solo silencio, ya nada late.

Ni palabras, ni certidumbres, ni sueños, ni adoración.

Un adiós de labios empedrados,

una raíz seca bajo los pies.

El bocado que extirpaste, ¡sangre!,

entre los dientes, el trozo que te completa;

paladeas y embadurnas de rojo

la silueta de lo que ya no es.

***

Niña, los pasos se te enredan,

raíces deshidratadas anudan el camino,

deshazte de la maraña que te roba el gesto,

del lazo opresor que saja el instante.

Recuerda tu cielo y tu base,

saborea la leche que mamaste de mis pechos,

las sílabas balbuceadas entre las dos,

el ronroneo de las noches sin oscuridad.

Ya no hay guerrera ni cacería,

ya no obro con mis manos jornaleras,

ya no limpio de rastrojos el recorrido de tus pies,

ya se desmayaron los colores.

Resucitarán las fieras que maté,

rastrearán el viaje que trota tu huella de hembra,

vengarán su crimen,

reirán sin condena mi ausencia.

Niña, niña, niña que todo lo cree,

ahora es tiempo de levantar tu alcazaba,

momento de obrar con sabiduría,

instante de seguridades y manos que detienen.

¡Basta!, grita un no terminante,

derrama tanto que deglutiste,

tanto que te ofrendé con palabras de amor,

con el mayor de los significados.

Eres la que gobierna tu patria

(ama y dirigente del recorrido),

inaugura la voz de mando,

endiósate con el poder.

Nayra, niña, mi niña, arquetipo de feminidad,

de arrojo en tiempos de indigencia,

acuña el paso, la originalidad que emerge,

y colorea las cimas, aquellas que dibujan tus ojos.

Primer premio, Ciudad de Cantillana, Sevilla

25 mayo 2018

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