París, 8 de abril de 1980

Para mi Andrés, con quien tanto he amado

¿Crees que no me he dado cuenta? Durante meses he seguido tu juego, he arrastrado mis pies hasta llegar a un mundo de ensoñación, el que te propusiste y creaste para mí.

No te has enterado, Andrés, no te has mirado al espejo y has observado tus ojos. Ellos delatan tu tristeza. No reparaste en observaciones, no escuchaste sus voces, no ves la muerte que dibujan, la mía, la que tú niegas y ellos perfilan con la tortuosa parsimonia de lo inevitable.

Yo ya me he acostumbrado a verlos. Al principio huía de su crudeza, de sus colores derramados, de su sonido ronco, huía porque uno no quiere asumir su término: ¡maldito final que se precipita hacia mí sin compasión!

Después me refugié entre tus manos, bajo el acorde de tus palabras consoladoras, lamiendo la mansedumbre de tu sonrisa fingida; me cobijé, como una criatura de teta se ampara entre el calor de la madre, renunciando a decisiones mutiladas, asumiendo, por lo bajo, una sentencia segura.

Ahora los miro con firmeza. No hay nada que pueda arruinar mis últimos momentos junto a ti. Me siento fuerte. Necesito entregar lo que me queda, marcharme vacía, despedirme sin reclamos ni reproches: todo me lo has dado y todo te lo devuelvo, hasta los sueños.

Tanto hemos compartido y ahora estamos sometidos al capricho repentino de una vida que rechina. ¿La oyes? Rechina la puerta que se cierra, la puerta que me empuja y nos deja a cada uno en un lado. A ti te recoge, y aún no sé de quién es la suerte. Cuando se cierre llorarás, será entonces cuando la muerte que guardas se derramará por todas partes, y te acordarás de mis manos, y te acordarás de mi cuerpo, y te acordarás de los ratos que pasaste enredado en mi melena, con la nariz enterrada entre mis rizos, entre unas ondas que se desvanecerán inertes mezclazas en unos recuerdos que temerás perder, porque será, Andrés, lo único que te quede. Recuerdos.

Y ahora es cuando regreso a mi tierra, a nuestra tierra. Regreso con esta cabeza que son los únicos pies que me tienen, una cabeza que pisa por los campos del pueblo, y trota monte arriba, recorriendo los colores que siempre nos aparecen, porque son nuestros a pesar de la distancia. Regreso con la Dolores, y con la Herminia, y con todas las vecinas de la calle, porque salen a recibirme, a sus puertas, con los mandiles y las ropas de faena, pero salen porque me quieren, y se acuerdan de verme cuando de chica corría hacía la escuela y por las tardes ayudaba a mi madre con sus labores.

Ya no somos los mismos, Andrés, ya no somos aquellos que partimos con esperanza, sí, porque la esperanza se nos dibujaba en las caras, y en la sonrisa, y hasta en la forma de querernos. Ya no somos los mismos, y lo fuimos aprendiendo cuando la vida mostró su crudeza, y con acritud tuvimos que andar tragando lo que se nos ofrecía, poco en ocasiones.

Sé que no volveré, sé que no respiraré el aroma de la aceituna madura, sé que no bajaré al caño de la fuente a beber ese agua que compartimos con nuestras bocas sedientas, sé que no varearé más olivos en los meses de fríos y relentes, lo sé porque esto termina y desde tan lejos mis pensamientos se escapan: ellos quieren regresar a su lugar.

Y yo disfruto cerrando los ojos y emprendiendo el camino hacia mi casa, una travesía dulce y terrosa que me hace sentir niña, me hace saborear la dispensa de los más pequeños, una voluntad franca y pajarera que es lo poco que me alivia en este vuelo hacía la muerte.

Allí voy, Andrés, allí me encontraré con los brazos que tantas veces hemos recordado juntos. Allí me echaré sobre ellos, como en un lecho de carnes templadas. Se mezclarán los saludos con las despedidas, porque llegaré con la obligación de partir. Mi tierra, Andrés, nuestra tierra.

Siempre tuya,

Elisa

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