Encierro

María se levantaba temprano. No esperaba a que las auxiliares dieran las luces y entraran en su habitación. Nunca. Bajaba de la cama y, con los pies descalzos, caminaba hasta la ventana. Pegaba la cara al cristal, impasible, y observaba entre las rendijas de la celosía. Allí  veía amanecer y luego continuaba en la misma posición, quieta, como un tétrico maniquí, como un espectro dentro de un camisón varias tallas grande, como un cuerpo obligado a permanecer en algún lugar con la terrible pose de aquellos que desafían a la muerte y ésta les huye pavorida. Con la nariz y la boca aplastadas, perdida entre el vaho de su respiración enredada, se cegaba entre el blanco vapor que desprendía, como si el mundo se viera mejor a manchas, como si no ver fuera su mayor expectación. Nadie era capaz de sacarla de su observación a nada. Ella decidía cuándo había tenido bastante y los demás continuábamos con nuestras tareas como si tal cosa.

Yo era una de las limpiadoras del centro y, cada vez que me asignaban su habitación, daba un respingo involuntario cuando entraba y la veía de espaldas, pegada a un cristal empañado y ensimismada en la humedad de su boca. Prevenida por mis compañeras, iniciaba mi faena: quitaba el polvo, limpiaba el baño y pasaba la mopa como si María no estuviera. Con el tiempo dejé de eludirla y conseguí normalizar su presencia, tal vez, arrastrada por la pena.

Era joven, no tendría más de treinta años, podríamos ser de la misma quinta. Era por eso, quizás, por esa cercanía que generaba la edad entre las dos, por lo que muchas veces se me escapaba alguna lágrima y cabeceaba maldiciendo la poca suerte que tienen algunos. A pesar de andar siempre metida en un camisón azul descompensado en su menudo cuerpo y haberse descuidado hasta el extremo, incluso en el aseo, María era hermosa y nada podía desdeñar sus ojos violeta, sus pestañas negras que parecían jugar con la bola de su iris, y el arco perfecto de sus cejas que protegían tan misterioso encanto.

Comía poco, tanto que las enfermeras soportaban continuos enfrentamientos cuando se empeñaban en que masticara y tragara, y ella lo escupía mirando al vacío, como si la soledad que sentía su cuerpo impidiera observar a nada ni a nadie que pudiera mermarla. Al final, si no querían perderla, tenían que sondarla.  Hasta el momento en que la veían algo recuperada e intentaban su colaboración, pero de nuevo volvía a sus malas costumbres.

No hablaba, o yo no la había escuchado nunca. Ni reclamos, ni lamentaciones; no hablaba porque solo los vivos hacen sonar la voz y ella abominaba su estado. Con el tiempo la fui conociendo: descubrí sus miedos. El agua, uno de sus mayores terrores era el agua. No permitía que la bañaran, tan solo, de vez en cuando, consentía que le pasaran una esponja, casi seca, para evitar el mal olor. Nada de cremas, nada de peines, nada de voces; solo silencio y evasión, solo silencio y seguramente pena.

Los domingos, día de visita, autorizaban la comunicación con personas del exterior. A primera hora de la tarde, cuando se abrían las puertas, su madre esperaba en la fila. Era menuda y sus ojos violetas me indicaron el parentesco. Nadie tuvo que decirme que aquella señora, de apariencia consumida, la había entregado a la vida, la había entregado, en suma, a la mayor de las agonías.

Entraba y caminaba, discreta y silenciosa sobre unas zapatillas de paño, y sus pies se apresuraban como si su niña se le fuera a escapar. A aquellas horas María estaba tendida sobre la cama, y su larga melena enredada le caía por los lados; y sus pies desnudos y lechosos preservaban la quietud; y sus ojos de misterio se clavaban en el blanco del techo. La madre la besaba sobre la frente, arrastraba una silla hasta la cabecera de la cama y se sentaba a su lado. Mientras, con las manos entrelazadas, tarareaba canciones.

Así pasaban la tarde. Al despedirse, la besaba y le susurraba algún cariño al oído. Cuando la celadora insistía en que saliera, la madre, desde el umbral, le lanzaba un beso al aire, como si su niña, a pesar de la quietud irritante, entre el desespero del encierro, algún día fuera a cogerlo. Nadie más acudía en los días de visita, solo la madre, solo la señora que le entregó una belleza admirable y un alma quebradiza.

Llevaba dos meses en el centro cuando me enteré de que María estaba recluida por haber degollado a su marido. No pregunté y no indagué, ni de ella ni de otros, porque me resultaba desagradable saber, porque conociendo no podía evitar involucrarme y mezclar los sentimientos: realmente todos aquellos casos que me rodeaban mientras yo ponía orden e higiene en unas habitaciones frías y metálicas, eran casos y vidas desbordantes, locuras y desquicios a los que no tenía ningún interés en enfrentarme. Pasaba de puntillas, haciendo oídos sordos a los comentarios de pasillo, a los cotilleos con cebo, a la carnaza que en mí lo que menos generaba era morbo, sino una aprensión y una pena desmedida.

A pesar de cruzarme con tantos enfermos, ninguno acaparó mi atención como María. Algo me arrastraba a ella, algo me obligaba a observarla en la distancia, algo me enternecía. Resultaba imposible pasar por su lado y no detenerme frente a la intimidad y a la entrega de la cercanía, frente a sus ojos desvanecidos en la originalidad del tono, frente a sus labios (casi ausentes por la palidez de su piel), frente a ese gesto de dolor aguzado que rechinaba en su cuerpo delicado de niña.

Cuando trabajaba los domingos, si no había inconveniente, elegía limpiar el ala norte, donde estaba su habitación; así podía observar a su madre tarareándole canciones infantiles, canciones que no hace tanto se las cantaría por las noches, canciones que serenarían sus miedos de niña frágil. Sin embargo, ahora María no era una niña, ahora era una mujer perdida, ahora aquellas letras desfilando por los labios gastados de una madre en el abismo de su agonía, parecían no servir de nada.

Una tarde, mientras limpiaba el suelo del baño, la madre comenzó a gritar:

 — ¡Joven, ven, ven aquí, por favor, mira esto!

Me estaba llamando. Sin pensar, dejé la fregona y cayó al suelo.

—¡Mira, mi hija ha sonreído!, ¿no lo ves?, hace un segundo me ha sonreído, pequeña, niña mía, qué alegría me da volver a ver tu sonrisa.

La madre lloraba emocionada y le besaba las manos. Yo miraba a María y no podía descifrar ninguna sonrisa. Nada. Puede que hubiera hecho una pequeña mueca momentos antes, pero cuando yo acudí no había restos de expresión en su rostro. La madre lloraba y reía.

—¡Te lo prometo, mi niña ha sonreído!

Hubo un instante de silencio, un instante donde las dos nos vimos atrapadas en una observación minuciosa, con los ojos clavados en una delicada esperanza que se entremezclaba exánime entre la potencia de lo imposible.

—Hazme un favor, joven. Tráeme una palangana con agua y jabón, y una esponja, y un peine, tráemelo cuando puedas que mi niña ha sonreído.

No dije nada y volví al baño a preparar todo lo que la mujer había pedido. Sentía un miedo esperanzador, una mezcla de emociones en un entorno donde la desolación intimidaba.

La madre la desnudó. Con la esponja seca le acarició el cuello. María continuaba con la mirada en el infinito. La mujer me miró y sonrió, sonrió como si el corazón hubiera tirado de la comisura de sus labios en un respingo de locura. Con su mano temblorosa mojó la esponja en el agua con jabón, la escurrió y la frotó sobre las mejillas de su niña. María continuaba en su encierro. Siguió por el cuello, por los brazos, por los pechos, recorriendo su piel como si el jabón y la esponja lavaran también las impurezas del alma, con la esperanza y la ilusión desbaratada de arrastrar las suciedades que deshacían a su hija.

Yo también me vi envuelta en semejante frenesí de desinfección y agarré una toalla para ir secando y arrastrando lo que la bondad de una madre no hubiera sido capaz de eliminar. Al rato las dos salimos del éxtasis, las dos nos miramos y sonreímos. En un arrebato de valentía, agarró la esponja y, sin escurrir, dejó que cayeran finos hilos de agua sobre el pecho de su hija. Me asusté ante la posible reacción de la enferma. Me distancié unos pasos. Al momento pudimos comprobar que una lágrima serpenteó por la mejilla de María con la misma quietud desesperante con la que vivía su desgracia. Las dos que mirábamos contuvimos la respiración y en un ahogo interior sentimos que María estaba con nosotras.

—Te dije que mi niña ha vuelto, mi niña está aquí.

Decidí retirarme sin decir nada, continué con mis tareas y, cuando acabé, antes de salir de la habitación, vi a la mujer cepillando con mimo los cabellos de su niña.

A la semana siguiente no coincidí con ellas. El domingo, último día del mes, acababa mi contrato en el centro, y la encargada de aquel fin de semana me destinó al ala sur, por lo que no me podría despedir de la madre ni de María. Mientras limpiaba el polvo y pasaba la mopa pensaba que tal vez así era mejor. Evitar más encuentros, dejar entre aquellas paredes las miserias de cada uno y centrarme en la búsqueda de otro trabajo. Al terminar recogí mis baberos, me despedí de mis compañeras y, en silencio, dije adiós para siempre.

Salí a la calle, encendí un cigarrillo y caminé hacia el autobús.

—¡Joven!, espera, un momento por favor.

Con la mirada intenté localizar la voz que me llamaba. Continué fumando mientras la madre de María se acercaba con rápidos y menudos pasos sobre sus zapatillas de paño.

—Quería darte las gracias por lo del otro día, fue una bendición sentir a mi hija tan cerca.

—No tiene que darme las gracias por nada, estoy para lo que necesite.

—María era una joven como tú, llenica de vida, llenica de ilusiones y con una sonrisa maravillosa. Pero se le cruzó un impresentable que le arruinó la vida. Le dijimos que ese muchacho era un perdido, se le veía en la forma de tratarla, se le veía porque a una madre no se le despista nada. La fue alejando de nosotros, la fue aislando del mundo, solo para él, María era alimento de su locura. ¡Rediós!, se la fue tragando a poquitos. Y si aún la hubiera tratado bien, pero era un desgraciado, un sinvergüenza acostumbrado a hacer siempre su santa voluntad.

La madre continuó con unas explicaciones que no tenía por qué darlas, sin embargo, se había enfrascado en la narración de unos hechos privados frente a una desconocida como lo era yo para ella. Tal vez necesitaba justificar la acción de su hija, aquella decapitación, aunque resultara muy difícil hacerlo y sus palabras, hasta el momento, no fueran suficientes.

—Luego se quedó embarazada y fue entonces cuando decidió que aquella vida no la quería para sus hijos. ¡Pobrecica mía! Venían dos, mellizos, un niño y una niña. María regresó a casa pidiendo ayuda y nosotros la acogimos de mil amores. Antes de dar a luz cayó en su trampa, ¡mi niña se cegó!, tanta insistencia, tanta  manipulación… ¡ay!  A pesar del dolor que nos daba verla enredada otra vez entre las torturas de ese loco, María regresó con él. Parió dos bebés maravillosos: Lucía y Javier. Lucía fue pequeñica y pasó dos semanas en la incubadora. Nosotros estuvimos con ella a cada momento… y parece que de nuevo estaba pensando en dejarlo. No pudo, no hubo tiempo a escapar con sus hijos porque una madrugada aparecieron ahogados en la bañera de su casa. ¡Ese maldito hijo de puta! Así la quería. Y luego mi hija, luego mi pequeña, con la imagen de aquellos dos angelicos… no lo quiero ni pensar, mi hija lo mató, no aguantó el dolor, lo  había perdido todo, lo había perdido todo…

—Lo lamento muchísimo. No sabía…

—No te preocupes. Esto es la vida, joven, unos tantas glorias y otros tantas desgracias. Mi marido no soportó el infierno en que nos vimos, un maldito infierno que se lo llevó a él también. Ahora solo me queda mi niña y daría la vida entera por verla con la sonrisa de siempre, ¿crees que estoy pidiendo demasiado?

Negué con la cabeza y, mientras apagaba el cigarrillo pisándolo con la punta del zapato sobre la acera, le deseé suerte. Después continué mi camino hacia la parada del autobús, esta vez, con más ganas que nunca.

Montse Espinar

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