A quien le importa

Rosario abre la puerta. Llevan unos minutos zarandeando la cancela a modo de reclamo, pero Rosario ha tenido que arrullar a su hijo para que dejara de llorar, y lo ha tendido sobre un canastillo de mimbre que ella misma obró. Allí, el pequeño dormitará lo poco que Rosario tarde en despachar al hombre que reclama; allí se enredará entre los placeres de la pureza que su condición de cría candorosa le otorga, allí, allí donde su madre, a pocos metros pierde la honra a cada rato.

Junto a la lumbre tiene un camastro de paja y se tiende con los ojos cerrados. No le gusta mirar, no, no le gusta ver cómo se abalanzan sobre ella resoplando una bravura fingida, una hombría mutilada entre embestidas ridículas de macho acomplejado. Con  los ojos cerrados siente la intromisión de un desconocido, siente cómo su  carne se abre para recibir los deseos de un extraño que la envenena con la acidez de su aliento incontrolado. Rosario siente asco, pero cierra los ojos y piensa que un día toda esta calamidad habrá acabado, sí, y podrá abrazar a su hijo con su cuerpo limpio, con su cuerpo libre. En ocasiones la furia le golpea en lo más hondo, en esos huecos que tiene el cuerpo para lamer sus propias desgracias, pero la violencia y la ira han asolado lo que ella guardaba para sus humildes curas. Ya no hay ungüentos ni alivios, todo lo perdió, y siente que su hijo se le escapa con cada hombre que descarga sobre sus carnes. 

Todavía recuerda cuando Manuel la miró, cuando sus risas componían melodías y se enredaban con sueños de enamorados. Todavía recuerda sus besos y sus palabras templadas descansando sobre sus oídos. Ahora le retumban las tristezas, ahora el ensordecedor vacío le recuerda lo que tanto quiso.

La niña, así la llama, la niña. Manuel la recogió entre sus manos y la dejó madurar, bajo su mirada protectora floreció, brilló entre sus besos justos y Rosario se hizo mujer. Una noche se casaron, a escondidas, y el padre Miguel les dio la bendición, y los recogió en la ermita del Cerro. No tenían nada, solo amor, amor, solo sus cuerpos. Desnudos se amaron, desnudos libaron pieles, desnudos abrieron sus sexos. Una entrega, eso fue, una cesión de caricias, la última ofrenda.

Aún no había amanecido, aún se olía la pasión cuando entraron. Una patada en la puerta, voces y golpes aporreando sus cuerpos. Manuel no se pudo despedir de ella, no le dejaron, ¡no!, encañonado y muerto. Entre sus brazos, carne muerta cubriendo eternos deseos, los mismos que se habían ofrecido minutos antes. Allí quedó Rosario abrazando su propia muerte.

Con sus manos estuvo cavando, arañando la tierra que luego haría de manto: abrigo de hombre pobre, recuerdo maldito, abandono impuesto. Nada le quedaba, nada, todo lo cubriría la tierra, todo menos su llanto. Solo le obedecieron los pies, pies de pobre, pies negros y agrietados, pies que caminaron campos, pies para cualquier terreno. Lejos la llevaron, sin rumbo, sin sueños trazados, pies perdidos pero sin detención.

Una vieja le abrió la puerta de su casa ofreciéndole trabajo. Le dio de comer y le dijo que no temiera nada. Rosario no pensó que aún quedaban desgracias por venir. Una puta, una mujer de piernas abiertas, un recipiente cualquiera encargado de recoger la inmundicia sobrante. En eso se había convertido y no encontraba perdón. Había tenido hambre, y frío, también se había sentido triste y llena de necesidades, pero no se concedía el perdón. Toda aquella desgracia le permitía un miserable chamizo a las afueras de un pueblo mengano y un caldo turbio para comer cada día.

La guerra acabó, pero la lucha se le había colado dentro. Como una contienda inagotable, como un insaciable castigo. Hace poco más de nueve meses quedó embarazada. No sabe de quién, tampoco le importó. Ella hubiera deseado engendrar una criatura en su vientre, sí, pero una criatura de Manuel. Al principio lloró, lloró de rabia como si su llanto pudiera borrar los últimos años de su vida, como si ese flujo salado pudiera resucitar al que ya se había descompuesto entre tierra; al final cedió frente al cansancio, al final cedió porque estuvo a punto de enfermar.

No se tocó el vientre hasta el final del embarazo. No se atrevía a acariciar lo que alguien había sembrado en sus entrañas, pero fue en el octavo mes cuando sonrió (llevaba años sin hacerlo), fue en el octavo mes cuando las yemas de sus dedos serpentearon su piel crecida. Y entonces una alegría le sobrevino, tímida, el quejido lejano de lo que pudiera ser una ilusión. Eso era, un claro, un haz de luz venido de no sé dónde, un alivio a su condena.

Hace poco más de quince días un dolor la partió en dos, como si la hoja fría y curva de una faca quisiera rebanar su cuerpo maltrecho. Rosario se acuclilló sobre el jergón y lloró, apretó los puños y lloró. Solo tuvo que esperar unas horas para sacar de su propio cuerpo lo que ya era otra vida; carne que crea carne, carne abierta por la inclemencia del parto. Ella misma desligó los cuerpos, ella misma, con sus manos de pobre, con sus dedos de fríos y relentes pinzó el ombligo de su hijo, y se lo puso al pecho, enrollado en una manta se lo puso al pecho y así, entre sangre y miseria dormitaron durante horas, entregando, Rosario, lo poco que tenía: calostros y cobijo entre sus brazos.

Aún no han pasado ni dos semanas del nacimiento, pero Rosario, a pesar del desgarro y los pechos congestionados, tiene que recibir a los hombres. Lo hace porque siente hambre, lo hace porque los hombres no entienden de delicadezas, lo hace porque Rosario sabe, desde bien pequeña, que las mujeres cargan el deber de complacer. Nadie se ha interesado por la criatura, sin embargo todos retozaron como bestias sobre su vientre preñado. Ahora Rosario se muerde el labio aguantando el dolor y cuando se queda sola se alivia con paños fríos sobre la herida.

Su niño llora. Manuel, así se llama, aunque a nadie se lo ha dicho ni nadie le ha preguntado. Manuel llora y Rosario acude a consolarlo. Se lo lleva a un rincón del cuarto y se acomoda sobre la piedra del suelo. Apoya los riñones en la pared encalada y se lo pone al pecho. Manuel no tiene hambre, solo quiere sentir el calor de su madre. Mamuja aliviando el desconsuelo y Rosario le sonríe y le dice que lo quiere. Manuel, te quiero, eso murmura. Los ojos se le pierden entre aquello que podría haber sido y no fue.

Segundo premio en el VI Certamen Literario "RAICES" Villa de Mascaraque, Toledo.

 

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