Emigrantes del recuerdo

Fue a finales de los años sesenta, cuando mi madre me dijo que se tenía que marchar. Estábamos sentadas junto a la mesa camilla, jugando con hojas de periódicos y confeccionando barcos y pájaros de papel. Mamá tenía una gran habilidad y se esforzaba en que yo fuera capaz de fabricar una de aquellas figuras con la gracia y la firmeza que ella mostraba

—Solo será una temporada, aquí las cosas no marchan bien, nena, solo por un tiempo. Estaré con papá, juntos, y la tita Matilde cuidará de ti tan bien como lo pudiera hacer yo.

La tita Matilde prefirió no ser testigo de la lamentable escena, y andaba de un lugar a otro de la casa como si estuviera enfrascada en una tarea que ni ella misma conocía.

Yo no sabía qué decir, con apenas siete años aquella inminente ausencia me tragaba como la boca de una cueva que se abría en medio de un cerro perdido. Hacía dos años que mi padre también dijo lo mismo y se marchó a Francia, pero aquello fue distinto: yo era más pequeña y aún me quedaba mamá.

La tita Matilde era hermana de mi padre. Desde que él se marchó vivíamos las tres en la misma casa. Era soltera y la precaria situación que cargaba hizo que la acogiéramos en nuestro hogar a pesar de no tener gran cosa que ofrecer. Desde hacía meses trabajaba en un taller de costura. Estaba en nuestro mismo barrio, a un par de manzanas de casa, y aunque cobraba poco era de gran ayuda en un hogar donde la miseria miraba de frente.

—No llores, cariño, solo será una pequeña temporada y yo, en cuanto reciba el primer jornal, te enviaré dinero para que la tita te compre todo lo que sé que sueñas y ahora no puedes tener.

Me dijo que no llorara, y yo ni siquiera me había dado cuenta que lo estaba haciendo. Continué con la desgraciada confección de un esperpento de pájaro o lo que quisiera ser porque no era capaz de ponerle las alas en su sitio, las alas las tenía mi madre, ella, solo ella, abiertas y dispuestas para volar, ¿qué iba a ofrecer a esa penosa birria si yo estaba más desgraciada que nadie?

Al día siguiente pasé toda la tarde en su dormitorio mientras mamá metía sus cosas en una maleta de cartón. Cada cajón que vaciaba era como una pala que abría un hueco en mi cuerpo desolado. Aquella tarde mi madre tuvo trabajo: cavó en la tierra, cavó con su pala, cavó y abrió un agujero hondo donde tan solo había espacio para el más profundo pesar. Al final la maleta no podía albergar más, la cerró y se sentó sobre ella para poder girar el pasador. Fue inútil, el hierrecillo salió disparado y no tuvo otra que agarrar unas cuerdas y atarla con ellas, en busca de un remedio burdo.

Por la mañana acudimos a la estación. Mamá me peinó dos largas trenzas y las anudó con unos lazos escarlata, los únicos que conservaba con lustre, y una falda plisada del mismo tono que la tita me confeccionó en el taller, a escondidas de su jefe. El jersey era del año anterior, y del uso tenía pelotillas en los puños y en los codos, y me quedaba algo pequeño, pero me gustaba porque no tenía otro en mejores condiciones, me gustaba porque lo compraron con el dinero que papá mandó del extranjero, me gustaba porque fue un regalo maravilloso.

El peso de la maleta lo fueron compartiendo, unos ratos mamá y otros la tita Matilde. Las dos se miraban y no decían nada, las dos me miraban y sonreían con ternura. Llegó el tren y mamá me recogió entre sus brazos, me dijo que me quería y que pronto iba a volver. Mientras la abrazaba, mi nariz se refugió entre sus rizos, y sentía la suavidad de su pelo, y aquel aroma que me acompañaba desde siempre, dulzón y blando como el de la manzana asada. Mamá olía templado, mamá olía cremoso, mamá decía que me quería y que pronto iba a volver.

A estirones arrastró la maleta y la subió al tren, como pudo. Habiendo perdido la intimidad del abrazo y los susurros, mamá se despedía con la mano en el aire, lanzando besos al vacío, entre lágrimas y suspiros. Yo continuaba en el andén con mi falda plisada y mostrando mis rodillas raquíticas, con la mirada clavada en la pérdida, y con aquel aroma a manzana asada intentando consolarme.

Cuando el tren se marchó, la tita Matilde se acercó y me rodeó con sus brazos. Ni siquiera la miré, aunque el ruido de su respiración me descubrió su llanto. Me agarró de la mano y volvimos paseando a nuestra casa.

La tita era una mujer claramente hermosa. Todos decían que nos parecíamos y aquellos comentarios me gustaban, me consolaba pensar que cuando fuera mayor podría lucir con el empaque y la soberbia de una belleza como la suya. Tenía una melena castaña y brillante, y las ondas de su pelo terminaban ahuecadas a la altura de los hombros. Sus ojos oscuros y rajados eran incapaces de mirar con indiferencia, sus ojos de mora se clavaban con fuerza defendiendo la integridad de unos labios encarnados y chispeantes que cualquiera hubiera querido embestir.

Por las mañanas me llevaba a la escuela y desde allí marchaba caminando al taller. Luego acudía a casa y comíamos juntas. Yo volvía a las clases y ella se quedaba atendiendo las tareas del hogar. Tenía veintiocho años y aún continuaba soltera. Ella decía que así era como mejor se estaba, no quería enredos ni líos: “los hombres son muy complicados, tesoro, ya lo comprobarás a su tiempo”.

Me daba cariño, mucho, y atendía mis necesidades, pero la tita no era mi madre. El tiempo iba pasando y una vez al mes recibíamos carta desde Francia. Papá no sabía escribir, y las pocas cartas que envió cuando estuvo solo fueron escritas por algún amigo español que se prodigaba poco en los detalles. Mamá no tenía ese problema y todos los meses nos enviaba dinero y una carta dándonos las explicaciones y los pormenores de su vida en tierras extranjeras. La tita y yo las leíamos en voz alta y luego me entretenía durante días en confeccionar la mía propia y contarles, emocionada, las aventuras de mi infancia.

Sin darnos cuenta habían pasado cuatro años desde que mamá se despidió en el andén, desde que prometió que regresaría pronto. La promesa se estaba eternizando en el tiempo, y las esperas y las eternidades, cuando uno tiene once años, resultan casi imposibles. Las cartas, en los últimos meses, eran más espaciadas, más breves, seguramente más frías.

Fue por aquel periodo cuando la tita comenzó a salir sola los domingos por la tarde. Nunca lo había hecho y, aunque no me hacía gracia, entendía su necesidad. La pobre  tenía edad para el ocio y nunca, por las adversidades de la vida, se había entregado a él. Yo me quedaba pintando y recortando, haciendo figuritas de papel, ya con destreza.  Al llegar la media tarde, me sentaba frente al televisor y disfrutaba del Gran Circo de Televisión Española con los Payasos de la Tele.  Me resultaba gracioso palmear y cantar con las pantomimas y libertades que propicia la soledad. Antes de la cena la tita aparecía, unos días más sonrientes que otros, pero aparecía y con eso bastaba.

Los meses fueron corriendo a pesar de que en aquellos momentos el tiempo se dilataba en una quietud irritante. Fueron corriendo y sentía que mis padres se estaban olvidando de sus cartas, sentía que mi madre se estaba olvidando de sus promesas, sentía que mis padres se estaban olvidando de mí. No quería hacer caso a aquellas dramáticas sensaciones y me conformaba pensando que papá y mamá estaban agotados por el  trabajo, todos los días del año, empeñados en ganar dinero y regresar a mi lado.

La tita parecía que sentía la distancia de mis padres y, en sintonía con ellos, también se fue alejando. Las salidas de los domingos se ampliaron a los sábados y el fin de semana era una terrible soledad. Las llegadas eran cada vez a horas más incestuosas y en condiciones lamentables. La tita venía borracha. Tras la ventana, yo la esperaba fuera la hora que fuera. Las negras calles se convertían en lenguas alquitranadas que guarreaban a todos los que las pisaban, en lenguas devastadoras que habían lamido a la tita y habían consumido sus virtudes, como si fueran unas rateras y hubieran robado todo lo que hace un momento tenía.

A veces venía acompañada de algún hombre que la manoseaba lascivo, que arremetía sobre ella como si hubiera dejado de ser mujer y fuera una vaca o una mula. Ella se dejaba, como si poco le importara su dignidad. Se refugiaba entre una risa nerviosa y desentonada, y en el esfuerzo por mantener el equilibrio y no caer de  bruces. Se guarecían en el portal y dejaba de verlos. Seguramente se despedirían entre sobeteos y restregones desmedidos, y luego subía a casa dando tumbos por las escaleras. Entraba intentando guardar silencio, pero los golpes contra los muebles eran inevitables y su inutilidad le provocaba carcajadas contenidas y absurdas hasta que yo aparecía. Entonces se enderezaba, tragaba la borrachera, se ahuecaba la melena y una telilla acuosa le llenaba los ojos, como si el agua fuera pena y sus ojos la guardaran. Yo no decía nada. La ayudaba a desnudarse, la metía en la cama y la observaba hasta que se dormía: su cara parecía la paleta de un pintor, llena de colores embadurnados.

Entre semejantes representaciones pasamos varios años, ella borracha y yo callada. Fue convertida en una adolescente cuando mi boca aprendió a hablar, y habló, y reclamó, y censuró con la furia de la contención y el dolor, con la furia desmedida de un amor triste. Recuerdo aquel desagradable momento. Eran las tres de la madrugada y yo continuaba tras el cristal observando el alquitrán de las calles empeñado en quitarme, también a mí, las virtudes. Eran las tres y unas risotadas grotescas anunciaron la llegada de la tita. Acudí al recibidor y escuché el ruido de la llave incapaz de entrar por la cerradura. No esperé, abrí y me la encontré con sus ojos salvajemente desencajados y sus labios de fresa desparramados sobre el rostro. Intentó disimular, se ajustó el vestido y con las manos se organizó el peinado. Yo no dije nada, no abrí la boca hasta que pasó al comedor.  Fue entonces cuando me derramé sobre su cuerpo maltrecho y desgraciado.

— ¡Eres una borracha y estoy cansada de socorrerte, estoy cansada y no voy a pasar la vida al lado de una tirada!

La tita levantó la cabeza de forma altiva, carraspeó dos veces y acudió al mueble bar. Se sirvió whisky con una parsimonia irritante. Volvió al lugar donde había recogido mis ofensas, bebió de un solo trago, se atusó la melena y dijo:

—Veo que te has hecho mayor. Supongo que será el momento de recordarte que tus padres llevan años sin enviar una carta, y además del abandono que conoces y callas, va siendo hora que sepas de nuestras miserias. Llevamos años sin recibir una maldita peseta de ellos. Muchos de los que se marcharon en el mismo año han vuelto, en cambio ellos no dan señales de vida.

Mantuvimos el silencio durante rato. La tita volvió al mueble bar y vertió un dedo de whisky dentro del vaso. Como embebida en una pataleta absurda dije que les habría ocurrido algo, no existía otra explicación. La tita sonrió amargamente y mientras se encendía un cigarrillo tomó la palabra.

—No, cariño, están perfectamente. Yo he sabido de ellos por paisanos que se marcharon con contratos parecidos y bajo el mando del mismo capataz, paisanos que han regresado y me han contado. Ellos han hecho sus vidas lejos de nosotras y lejos han encontrado el amor, y la suerte, y todo lo que no tenemos porque nos lo han arrebatado, se lo llevaron y no tenemos manos que lleguen hasta nuestros ladrones.

En aquel momento sentí que mi cuerpo no iba a ser capaz de soportar sus palabras, quería pensar que me estaba mintiendo, eso era, mentía para hacerme daño y devolver multiplicados los agravios que yo le había lanzado minutos antes.

La tita dio la última calada y apagó el cigarrillo. Una nube de humo se quedó estancada en el aire, a media altura, como si quisiera protegerla, como si quisiera emborronar y disimular su rostro desencajado. Estuvimos calladas, yo mirando al suelo, y ella con sus ojos rajados clavados en el infinito. Al rato se levantó, se acercó y, mientras me abrazaba, dijo que no la juzgara, no me juzgues, cariño, no, cada uno se gana la vida como puede y yo siempre pienso en ti.

No dije nada. Ella se marchó a su habitación y yo me quedé fosilizada, como si mi carne se hubiera secado y solo fuera un residuo en medio de un terreno baldío. Por un momento la odié, pero sin saber por qué caminé hacia su dormitorio, me metí en su cama y la abracé. Allí dormimos las dos.

Los años pasaron y cuando estaba a punto de cumplir los treinta, cuando había arrastrado el abandono de mis padres a un lugar donde su maldita traición no interfería en el curso normal de mi vida, fue entonces cuando una carta desde Francia me desbarató. Llamé a la tita y la leí en alto, no tenía nada que esconder ni que urdir a sus espaldas, mi familia era ella y había recibido un mensaje forastero. Mi madre estaba enferma, muy enferma, y su muerte era inminente. Quería verme, antes de morir quería verme. La carta estaba escrita en un castellano afrancesado, con faltas de ortografía que delataban la empuñadura del escribiente. No había sido mi madre, la había escrito otro, un amigo, un vecino, un francés y nada más.

La tita Matilde se retiró sin decir nada y yo la seguí suplicando su opinión, intentando que fuera ella la que decidiera por mí. No habló, me acarició la barbilla de forma cómplice y sonrió de medio lado.

Al día siguiente estaba montada en el tren con la carta en la mano y rumbo a un destino del que solo sabía el nombre: Rue de Bayard 47, Tolouse. Esas eran las señas y durante el tiempo que duró el viaje las leí y releí, Rue de Bayard 47, Tolouse. Allí estaban mis padres, allí querían que fuera y allí llegaría en horas. Evitaba pensar, tan solo necesitaba verlos y abrazarlos y recibir una explicación lógica sobre aquella situación esperpéntica en la que se había convertido nuestra relación. También deseaba contarles lo buena que había sido la tita Matilde conmigo, incondicional a cada momento. Esperaba decir y escuchar tanto…

Llegué, por fin llegué, y monté en un taxi, y mientras le mostraba la carta con la dirección, le señalé con el dedo mi destino. El hombre asintió con la cabeza y arrancó. Ya estaba cerca, muy cerca, y una sonrisa se dibujó en mi rostro coloreado por la emoción. Paró en el número 47 y bajé. Llamé a la puerta. Esperé durante horas y al final pensé que debía haber algún error. Me senté sobre el umbral de piedra y me dejé caer desolada. Cerré los ojos y lloré.

—Pardon, madame, laisse-moipasser.

Levanté la cabeza mientras una joven decía algo indescifrable para mí. Por sus gestos entendí que quería entrar en aquella casa. Me puse en pie y la miré.

—Disculpa, ¿sabes hablar español?

—¡Oh!, sí, claro, ¿qué necesita?

—Muchas gracias. Vengo buscando a la señora Dolores Guijarro. Debe haber sido un error porque me dieron las señas de tu casa, pero igual la conoces de algo, quizás sea vecina…

La joven se puso a llorar y, mientras sorbía la moquita que le caía por el disgusto, me miraba compasiva.

—Es mi madre, Dolores es mi madre y anoche falleció.

En seguida comprendí y sentí un desgarro en lo más hondo, como si sus palabras fueran cuchillas y me rebanaran por dentro. Tragué mi furia, respiré, y con la voz impostada continué.

—Lo siento mucho. ¿Sois más hermanos?

—Sí, dos menores, el pequeño no ha cumplido aún ocho años. Todavía no saben nada, no nos atrevemos a decirles que mamá nunca volverá.

La joven se dejaba perder en el llanto al final de cada frase, y yo la miraba con indolencia.

—Lo lamento, le acompaño en el sentimiento, y por su puesto dígale a su esposo, Antonio Sánchez, que comparto su dolor.

—Oh, no, debe estar confundida. Mi padre se llama Jean Louis Lefebvre.

En aquel momento decidí dar media vuelta y sin más desaparecer. La joven se quedó buscando las llaves dentro del bolso. Cuando repensó lo sucedido, se giró hacia mí y gritó.

—¿Y quién es usted?

Sin pensarlo dos veces me volví y contesté.

—Nadie importante, una funcionaria de la embajada española aquí en Francia; venía por cuestiones puramente burocráticas, ya regresaré en mejor momento.

Caminé ciega, caminé de forma mecánica, caminé y lloré. Cuando me harté de lamentaciones entré en un bar y pedí un café con leche. Imaginé, por unos momentos, a mi madre en aquel entorno tan lejano al mío y seguramente tan suyo. Imaginé a mi padre y le cargué una vida, la que me dio la gana y la que mi ensoñación compuso. Imaginé vapores y algodones, imaginé el color tenue de una fantasía y me desvanecí entre el aroma del café y su templanza  mientras entendía que uno puede emigrar de sus recuerdos como lo habían hecho mis padres, que uno puede dejar atrás lo que le plazca y, al final, terminé convencida de mi disposición a seguir sus pasos y abandonar en aquel maldito bar todo lo que pudiera amargarme. Monté en el tren y durante el trayecto solo pensaba en los ojos de mi tita, en su lección de vida al dejarme venir, en sus manos consoladoras y en la necesidad inminente de dormir abrazada a su cuerpo.

 

Primer premio en el VIII Certamen Literario Casa de la Dona, Mislata.

 

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