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Cuarenta años

El sol colorea el vacío de mi habitación. Entra insinuante, haciendo gala de sus buenas formas evoca lo que un día contempló, espía y espectador de tantas reservas de mi cuerpo. Abro la ventana y con sus cálidas manos, como un arrullo, me envuelven mimosas, hace tanto que no lo dejo entrar…Su presencia renueva mis ojos, tan acostumbrados a la melancólica oscuridad. Él, al igual que yo, conoce mi secreto, debe ser ese el motivo de su visita consoladora.

Ayer Manuel me escribió. Cuarenta años sin saber, cuarenta años llorando su abandono, cuarenta años arrastrando con la pesada carga de la vida. A estirones he ido avanzando, con la cabeza girada, mirando atrás, queriendo recuperar lo que un día tuve y, tan pronto, perdí. Compartimos ilusiones, ganas, secretos del alma y preñada me apartó, sin una palabra de consuelo, sin un beso de despedida, sin una mentira a destiempo. Me dejó con dos vidas, una la parí y la otra se marchó tras él.

Ahora quiere saber de mí, ¡el muy canalla! Nunca se interesó, jamás intentó volver, desapareció y que el mundo cargara con sus faltas. Desnuda me quedé, vacía como una caja tirada tras una patada enfurecida. Caí en cualquier lugar, sin ganas de encontrar mi sitio, una utopía en aquel momento. Jamás rehice mi vida, cuando la encontré la arrinconé como un ornamento obligado, es tan difícil acabar con todo…

Y ahora que los años han corrido a mi favor, que la vejez anuncia inquebrantable el término de mi agonía, aparece como una broma de mal gusto, como un tropezón de última hora. Pero a pesar de todo hoy he abierto la ventana, de par en par, como todas las mañanas junto a Manuel. Hoy he cerrado los ojos sintiendo el calor de la vida, de un cielo olvidado, hoy, confesando mis pensamientos, he sonreído con la ilusión de la juventud, repudiada como una desgracia del destino. Hoy, más que nunca, me han comido los recuerdos, han caído sobre mí como un reguero de ilusión, borrando mi desdicha y creando una justificación que, en cuarenta años, no encontré. Hoy he imaginado sus dedos gastados moldeando mi cuerpo, perdido en el tiempo. Con sus labios sobre los míos resucitando el cadáver de nuestro amor, porque amor hubo, tanto, que arrasó con todo.

Estoy esperando que suene el timbre, vendrá a las cinco y tan solo faltan unos minutos. He pasado toda la mañana en la peluquería, quiero estar en condiciones, siempre me esforcé en verme guapa para él. Me da vergüenza confesar mi deseo, fuera de tono a mis años, fuera de sentido, a estas alturas. Tanto lo he odiado en su ausencia, tanto lo maldije entre llantos que ahora me siento a la espera de un extraño, como si Manuel, aquel que quise y después odié, hubiera muerto tras mi amargura y fuera otro, libre de culpas, el que  viniera a ocupar su lugar.

Reposo sentada en una silla, quieta, no quiero deshacer mi peinado ni desorganizar lo poco que me acerca a esta patética escena, una vieja queriendo correr como si el lastre de los años no colgara sobre los hombros, recordando, a cada instante, lo inoportuno de mi ilusión.

Suena el timbre y me levanto con indiferencia, pero un escalofrío me recorre la espalda como un calambre amenazante, la soledad me libra de voces que propaguen lo que mi cuerpo delata. Espero junto a la puerta, en unos segundos el ascensor estirará de la saya que cubre el misterio. La luz se enciende, parpadea, y la puerta se abre. Detrás, un hombre postrado en una silla de ruedas sonríe entre lágrimas. Miro desorientada, rastreo un recuerdo entre pieles y arrugas, entre años y lejanas vivencias, es él, sí, es Manuel. Me acerco y se derrumba gimiendo como un niño de teta. Le ofrezco mis manos y las recoge entre las suyas como un bálsamo milagroso, las acaricia, las besa, las humedece con el jugo de su tristeza. Me agacho, pequeñita, junto a Manuel. Lo miro, mis ojos caídos cuestionan tanto, los suyos, argumentan nerviosos. Sin dejar de mirarnos comienzan las palabras, tan difíciles en algunos casos. Cuarenta años camina sobre ruedas. Cinco palabras son suficientes para desbaratar mi vida, para destrozar un odio que me remolcó al sofocante fuego del infierno, tan crecida en mi orgullo, ahora me deshago entre el remordimiento.

Así pasamos las horas, descubriéndonos, borrando lo que cada uno inventó en soledad y volviendo a lo que un día, hace cuarenta años, llamábamos amor.

 

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