Ay, Dolores

Aquella mañana necesitaba hablar. Ese sentimiento había surgido otras veces, sin embargo, en ninguna ocasión había cargado la valentía suficiente para hacerlo oír. Habían sido pocos, pero en ningún caso pudieron ser atendidos. Tan larga era su historia, tantos los episodios que tristemente la componían, tantas las letras necesarias para organizar los detalles…, y tan pocas las palabras que necesitaba decir.

La mujer que debía hablar se llamaba Dolores y la ironía de su nombre, entre lágrimas amargas, en más de una ocasión le había provocado sonrisas agrietadas. Ya eran muchos los años que cargaba, o quizá no tantos, mas por la negrura de su suerte cada uno le pesaba como una losa de kilos innumerables. Aquella mañana cumplía cincuenta y seis años y no pensaba abrir su regalo hasta el medio día: sus palabras esperaban envueltas en papel de flores, con hilos de purpurina y un gran lazo de raso, en uno de los lados.

Dolores se llamaba, y aún recordaba, a pesar de la distancia, cómo su madre le sonreía mientras pronunciaba su nombre, bajo la sombra de los olivos y entre el aroma dulzón de la aceituna madura.

—¡Ay, mi Dolores, la niña de mis ojos!

La madre la mecía entre sus brazos y balanceaba el cuerpo sobre una vieja silla de madera, intentando adentrarle en el apacible sueño de la tarde. Con la mano hueca y suave le palmeaba sobre la espalda, y Dolores se perdía extasiada, acompañada por las voces de sus hermanos mayores que jugueteaban por los alrededores. Mientras tanto, el padre limpiaba de piedras y rastrojos los campos, y la tarde caía cuando el brillo del cielo se despedía complaciente. Muchas tristezas la arrastraron a aquellas tardes, muchos llantos inundaron sus recuerdos y cada instante se apenaba de su padre, de aquellos brazos que trabajaron centenares de campos, fuertes, inquebrantables, con la firmeza y la bravura de una bestia, sin embargo, cuando abrazaban a sus hijos eran tiernos y consoladores, brazos de hombre, brazos de un buen padre. Y sus miserias la trasladaban a aquellos brazos imaginando que, si aún estuvieran, cuántas malas hierbas hubieran arrancado de su vida.

 Con veinte años abandonó su casa, y se despidió de su familia.

—José es un buen hombre, madre, no te preocupes.

Cargada con una maleta de cartón y del brazo de José subió a un tren; muchas horas viajó, sin recompensa alguna. Ya en Valencia, cuando desató las correas de la maleta, su tierra se le echó encima. Como una montaña que se desmorona el mundo fue cayendo, grano a grano, piedra a piedra y José no consoló su nostalgia, José le clavó una mirada como un hierro candente, con el tormento que ejerce la indiferencia. Aquella fue la carta de presentación: José, su esposo, se dio a conocer.

Tras los vacíos y los abandonos llegaron los gritos, no mucho tardaron en aparecer los palos. Dolores, ¡qué ironías tiene la vida! Cuántos años soportando golpes, cuántos años derramando tristezas, cuántos años llorando en soledad. Y fue la soledad la que la libró de más sacrificios. Dolores privó sus ansias de criar, mutiló sus instintos más tiernos y a escondidas se medicaba suplicando que su vientre se secara. La soledad le daba lástima, sí, pero la soledad libró de palos a aquellos que pudieran venir y jamás lo hicieron. Dolores había aprendido a callar o, tal vez, había olvidado las palabras que con tanto amor había construido en su niñez. Durante años no tuvo nada que decir, así lo advirtió la boca de José y su mano, ¡maldita mano de cobarde!, su mano bien se encargó de recordar.

Calló, silenció, enmudeció, aunque jamás olvidó. No olvidó las voces de sus hermanos, no olvidó las risas de su madre, no olvidó los brazos de su padre, pero calló. Tan solo de vez en cuando se le escapaba, entre suspiros, un ¡ay Dolores!, que se perdía entre la tristeza de su hogar vacío, después agachaba la mirada y dejaba que la vida consumiera sus preocupaciones.

En cambio, aquella mañana fue el momento clave, el final de un largo peregrinar. Había recorrido una senda de espinas y pesares, de clavos y dolores, pero a poco fue capaz de recoger fuerzas. Una migaja un día, otra al tiempo, otra cuando podía, y así alimentó su alma macilenta, como un ave nutre a su cría, dándole con el pico todo lo que halla.

Dolores se levantó y aquella mañana, a diferencia de otras, se miró al espejo. Con las manos, casi torpes, apartó el pelo de la cara y lo agarró en un moño a la altura de la nuca. Se acercó todo lo que pudo a la imagen que apareció, era ella, sí, o lo que José había dejado por compasión. Revisó con la yema de los dedos cada rincón, supervisó un rostro que guardaba lo que un día fue: una hermosa mujer. Sin embargo, los años y los golpes habían descompuesto la armonía de su rostro, las arrugas herían su encanto y los golpes desfiguraban su ilusión. Se había hecho mayor, había regalado su vida al drama, había muerto con el corazón latiendo. Se refrescó con agua, la realidad le subía por el rostro como una gran bola de fuego. Sentía calor, un ardor le quemaba inclemente y había que deshacerse de él. Agarró un antiguo neceser donde guardaba maquillajes y colores;  hoy era un gran día y empezaría por recomponer unos ojos cansados de tanto mirar. Fue trazando la esperanza con colores abandonados: dibujó su mirada, dibujó su sonrisa y dibujó la ilusión despeñada en el olvido. Dolores dejó de ser una mujer invisible y se perfiló a su antojo, con el temor que genera la contención durante años incalculables, pero con las ganas que desprende la rabia acumulada.

Pasó al dormitorio y se enfundó en un vestido que ella misma había confeccionado en sus tardes oscuras. Era de corte sobrio, aunque se había atrevido con los tonos y un ramillete blanco recorría uno de los lados, con grandes flores en lo alto.

Eran cerca de las doce: mediodía. Agarró un bolso de mano y el ruido de sus tacones confirmó que había emprendido el camino.

Dolores recorrió las calles de su barrio, atravesó dos avenidas y al final del parque de la Libertad, apareció la comisaría. Allí abriría su regalo de cumpleaños. Las flores y la purpurina se mezclarían entre sus manos y el gran lazo de raso lo guardaría como prueba del maravilloso acontecimiento.

Abrió la puerta y dos policías que trabajaban frente a un ordenador la miraron interesados. Uno de ellos se levantó y con ademán reposado caminó hacia ella. Dolores sintió miedo, y vergüenza, y también incapacidad para asumir su propósito…, Dolores sintió torpeza al abrir la boca y hablar lo que tanto necesitaba decir. Sus piernas se rindieron, y una flojera insistente le obligó a sentarse en una de las sillas que se ofrecían para los momentos de espera. El policía la agarró por el hombro, temiendo que no solo sus piernas fueran a traicionarle. Dolores no era capaz de levantar la mirada y enfrentarse a la realidad. Sin embargo, a pesar de la  traición de su cuerpo, su propósito seguía en pie, Dolores sabía que debía hablar y aunque su intención le llevara horas, no pensaba salir de aquel lugar sin haber descargado el lastre que apagaba su mirada. Miedo, vergüenza, un binomio maldito que había sido capaz de alargar una agonía insoportable, de arruinar la vida de una mujer. Dolores asumía la deshonra del maltrato como propia. Tanto le habían pegado, tanto le habían agraviado, que las culpas eran capaces de caerle a plomo sobre su cabeza borrando cualquier indicio de cordura y sensatez en el análisis de los hechos. No. No era posible razonar con claridad. En aquel momento Dolores estaba aturdida, sí, aturdida y sobrepasada, se sentía una idiota, un monigote que probablemente molestaba a aquellos dos funcionarios que la observaban desconcertados, perdidos entre la locura de una mujer sobrepasada. Apretó los ojos con fuerza y el amor que un día sintió por José le estremeció el cuerpo. Pobre José, pensó, en el lío que lo voy a meter. La mujer que debía hablar sentía pena por José, en que lío lo iba a meter. De nuevo apretó los ojos decidida a marcharse, decidida a salir por donde había entrado y volver a su sitio, donde estuvo los últimos treinta y seis años de su vida. Sin embargo esta intención se vio interrumpida cuando una melodía en lontananza le acunó el oído. Fandangos de amores, sí, de Manolo Escobar. Dolores levantó los ojos y miró al policía.

—¿Es Fandango de amores?— preguntó maravillada.

—No lo sé señora, yo, la verdad de esa música no entiendo.

—Sí, muchacho, es Fandango de amores.

Dolores sonrió y su padre le vino a la cabeza. ¡Cuántas mañanas la despertó con tan hermosa melodía, cuántas sonrisas y arrumacos se le echaron encima, cuánta bravura le regaló con sus brazos de bestia, cuánto tenía que hacer para compensar esta deuda…

La mujer que tenía que hablar se levantó de la silla, miró al policía y dijo: vengo a poner una denuncia, soy una mujer maltratada.

El funcionario la agarró del brazo y la acompañó a una sala contigua. Dolores caminó mientras tarareaba la letra de la canción con una nostálgica sonrisa en los labios.

 

Ganadora del 2º premio

CONCURSO LITERARIO "ERRADICANDO LA VIOLENCIA DE GÉNERO"

Organiza: Asociación de mujeres Eleanor Roossevelt

 

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