El zapato

Manuel se deslizó sobre el suelo con el cuerpo maltrecho por la detonación. El estallido de los proyectiles y los gritos de los invitados intentando zafarse de la desgracia, habían convertido la sala en un clamor doliente de vivos y muertos, de carnes obligadas al infortunio. Continuó reptando y estirando de su pierna herida. No podía levantarse, no quería encontrar su propia muerte. Las voces y el alboroto de los asaltantes, en el exterior de la casa, se alejaban. El murmullo de los supervivientes se convirtió en quejidos encerrados. No sabía dónde tenía que dirigirse.

Minutos antes ella había solicitado permiso para acudir al tocador. Le había ofrecido un beso en la mejilla, una sonrisa, aún recordaba su sonrisa, y había caminado hacia los baños. Lucía esplendorosa. Cuerpo delgado bajotraje vaporoso de satén y tul celestes, cuello elegante rodeado de zafiros, pies menudos sobre zapatos de piel charolada. Se retiró y aún golpeaba sobre su sien el taconeo airoso de sus zapatos.

Habían acudido a aquella fiesta a la espera de un ascenso para Manuel.El jefe, días atrás, le había propuesto una mejora de funciones en el periódico; llevaba cinco años como redactor en el departamento de sucesos y por su buen hacer y su impoluta trayectoria, aquella noche, delante de los compañeros, lo nombraría redactor jefe quedando, así, de un golpe, aumentado su jornal y su autoestima. Sin embargo, lo que a él realmente le inquietaba era su propósito de pedirle matrimonio a Beatriz. Durante la cena la había contemplado con docilidad, tanteando el buen ánimo de su futura esposa. Ella sonreía contenida y de vez en cuando se cubría disimuladamente con la servilleta para tapar su sonrojo.

Beatriz era su ilusión desde hacía años. Estaba convencido de que aquella mujer, con su exquisita educación, estaría a la altura de las expectativas que había ideado para su futuro. A punto de proponerle matrimonio, así se encontraba cuando Beatriz se excusó y acudió al baño. Las manos le sudaban, y de vez en cuando tocaba el pequeño joyero que guardaba en el bolsillo del pantalón. Dentro escondía el símbolo de su compromiso: un anillo de brillantes. Dos años completos ahorrando, privándose casi de lo necesario para poder dar el do de pecho y entregar a Beatriz un digno anillo de compromiso. Ahora sí, ya lo tenía organizado. Solo quedaba esperar que regresara del baño y, de una vez, escuchar de su boca una tranquilizadora  afirmación.

Sin embargo todo se había desmoronado, de golpe, un grosero infortunio había arrebatado la escena y ahora se encontraba sin Beatriz, rodeado de muertos, rodeado de vivos desgraciados, como él, que avanzaba con el cuerpo como un lastre agónico.

Reptó como pudo hasta el vestíbulo de la casa, desde allí saldría a reclamar ayuda. Ayuda, eso necesitaba, ayuda para encontrar a Beatriz. Un zapato, divisó un zapato abandonado, distante de la multitud de cuerpos, solitario, un zapato que aún le golpeaba con fuerza en la sien. Estiró el brazo, la mano, ya no podía más. Alargó las extremidades y pudo asir el escarpín con la yema de los dedos. Lo atrajo hasta él. Recorrió con la yema del índice su piel acharolada, única. Lo acercó hasta su cara y olfateó el interior, cerró los ojos y degustó el recuerdo.

Con el zapato sobre la cara despertó mientras los agentes del orden le zarandeaban los brazos para que recobrara el conocimiento. Abrió los ojos y vio pasar a los sanitarios cargando camillas y enfermos. Cuerpos cubiertos que iban siendo retirados, tumulto de personal intentando recobrar la normalidad. A él también se lo llevaron, cargado  sobre una camilla lo trasladaron al hospital más cercano.

Durante días recibió el tratamiento adecuado para sanar cada una de sus heridas. La pierna derecha resultó la más perjudicada y, aún después de la alta médica en el hospital, tuvo que recibir las visitas del practicante durante meses, en su casa. Heridas que con ayuda se fueron curando, sin embargo nadie localizaba a Beatriz.

Cuarenta y siete muertos, veintiocho lesionados y una desaparecida.  En cuanto pudo valerse por sí mismo acudió a la comisaría de policía. Allí le aclararían el error. Beatriz Hernández Sánchez, hija del prestigioso abogado don Nicolás Hernández. Por lo visto, la familia ya había investigado, y un silencio oscuro tapó sus bocas. Las bocas de los agentes de policía, las bocas de los amigos, las bocas de todos aquellos que conocían a Beatriz; bocas selladas por el misterio.

Aquello se convirtió en un cementerio de palabras. El mutismo borró el suceso. El tiempo pasó, el tiempo se empeñó en desvanecer la tragedia, pero Manuel no cejaba en su empeño. Sus visitas al depósito de cadáveres se convirtieron en obsesión; puertas cerradas, muros que crecían delante de él, consejos inescrutables en un entorno de locos.

Una mañana llegó a la redacción la noticia de la aparición de Beatriz. Las fotos del cadáver eran desoladoras, irreconocible en cualquier caso. Sin embargo algo le llamó la atención. Tan solo llevaba los pies cubiertos. Agarró una lupa y la acercó al retrato. Aquello eran los restos de unos botines, más arriba del tobillo, unos borceguíes que se ajustaban  por medio de cordones.

Ordenó que redactaran la noticia y la imprimieran cuanto antes. Aquello era el vértice del sinsentido que estaba viviendo en los últimos tiempos. Salió de la redacción y dejó que la noticia iniciara el rumbo que algunos, premeditadamente, le habían trazado. Aquel desgraciado atentado había truncado su vida y no pensaba dar más bandazos inútiles.

A los años,el prestigioso abogado don Nicolás Hernández, fue detenido y encarcelado  junto a una veintena de personas que conformaban la banda. Una retahíla de delitos emergieron de las profundidades más negras de la sociedad de aquella época.  Nunca se supo qué ocurrió con Beatriz aquella noche, en aquella fiesta, con aquel taconeo airoso que se convirtió en su despedida… solo le quedaba la certeza de que aquel cuerpo, venido de no sé dónde, con aquellos pies desconocidos, jamás llegaron a engañarlo.

 simb audio1 

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