Sabes que aquél cuarto es tu casa y ahora no descifras dónde ir. Allí llegaste al final de tu infancia, un olor, una oscuridad repentina…, todo se entremezcla bajo una bruma dolorosa, y la humedad de sus paredes te ha encharcado la memoria.

Un parque, siempre te ves columpiándote bajo el sol que ya no te calienta. ¡Qué fría sientes tu vida! Y los niños gritan, con fuerza, y tú ofreces impulso a las piernas para que el columpio no se pare. Te gusta el aire en la cara, el cabello descontrolado, te gusta cerrar los ojos y sentir la velocidad en la boca del estómago. Esa imagen te golpea todas las noches, y tu risa de niña atrona sobre la afonía que se ha tragado tu vida. Ya no sabes si detestas aquella reproducción nocturna, ya no sabes si el único recuerdo que sobrevive en tu cabeza es tu tormento o tu salvación. En ocasiones sientes que ya no entiendes nada.

Ahora solo te apetece tenderte sobre la cama y descansar sobre su carne caliente. Ahora solo deseas tenerlo de nuevo. Regresar a tu casa, eso es, volver al lugar que te recogió. No te desprendes del aroma a inmundicia, del silencio de las horas muertas, no te desligas del taconeo de sus zapatos al llegar.

Al principio temblabas, al principio guerreabas contra sus manos de hombre, pero el tiempo hizo justicia, el tiempo te enseñó a refugiarlas.Te acostumbraste al silencio, a sus visitas inesperadas; te acostumbraste a su rostro tapado. No querías ver más, solo necesitabas su aliento templado sobre tu piel.

El vientre abultado te sorprendió. No sabías que  aquello que cobijaba tu cuerpo era una vida, no sabías que el dolor te punzaría inclemente hasta abrir tus carnes, que el desespero te devoraría hasta la extenuación. Nunca te dijo que él observaba tras la puerta. Oíste sus pasos cuando la criatura comenzó a llorar. No te dejó verla. La desligó de tu cuerpo y se marchó con ella. Allí quedaste, tendida sobre la sangre y el suelo polvoriento.

Pasaron muchos días sin que él apareciera. No sabes cuántos. Ya no recibías la comida cuando tú entendías que era la mañana. Te privó de rutinas y perdiste el control. Te limpiabas la sangre con unas sábanas viejas y roías barras de pan duro y restos de fruta podrida. En una ocasión, cuando pensabas que ya no podías más, apareció con unos bidones de agua. No te dio a beber. Los vertió sobre tu cabeza (agua clara y fresca), y tú abrías la boca para tragar. No pediste nada. Te ofreció una toalla y enrollada en ella te tumbaste sobre la cama. Allí descansaste horas disfrutando de la humedad en tu boca.

Ni siquiera recordabas qué edad tenías. Ya eras una mujer, aunque te resultaba complicado calcular cuántos años llevabas encerrada. Creo que tampoco te importaba.

A veces te sentabas sobre el suelo y apoyabas la espalda sobre la pared desconchada. Allí te esforzabas en recordar a tus padres, pero las caras se habían borrado hacía tiempo, rostros imprecisos que se empeñaban en ofrecer una desgracia que no sentías. Entonces resolviste una idea que te sentenció: no volver al pasado.

Te entregaste a su cuerpo aunque nunca encontraste placer. Era curioso ver cómo se te escapaban las lágrimas con cada embestida de su pelvis. Él arremetía orgulloso, con su rostro cubierto, seguro, porque confiaba que jamás destaparías su cara, aunque en muchas ocasiones pudiste haberlo hecho. Ni siquiera te punzó la idea. No sentías curiosidad, quizá te daba miedo que algo cambiara.

Viviste sin rostros durante años, hubieras sido incapaz de reconocerte a ti misma. Una vida sin rostros. Resulta curioso. Ahora que estás fuera, sin tu casa, ahora que las manos de otros te estiran hacia una vida que no pretendes, ahora, multitud de rostros se abalanzan sobre ti en un atrevimiento que te atosiga. Agonizas rodeada de rostros que te privan de tu ansiada libertad. Pero nadie te cree, quizá será que nadie te entiende.

Quieres regresar a tu vida, y cuando la policía te muestra la foto de tu casa, te sobrecoges de pura añoranza, deseando lo que ya no tienes. Ya no conservas nada, porque el recuerdo te traiciona como siempre, y por las noches, cuando intentas dormir, regresa la imagen del parque y las risas de los niños. ¡Cuántas veces has deseado bajar de aquel columpio y volver corriendo a tu sitio!

Todavía te impresiona ver tu imagen en un espejo. Es difícil reconocer que esa mujer que se dibuja abatida eres tú, porque presagias que aquel retrato te quiere tragar, porque te cuesta ligar a tu propio cuerpo lo que parece una desconocida. Sois dos, así lo sientes, sois dos personas que el mundo se empeña en unir a pesar de las diferencias.

No te apetece hablar, incluso te aventuras a asegurar que muchas palabras se te han borrado. No tienes ninguna necesidad de expresar nada, por más que los rostros insistan en que desagües tus lamentos formando vocablos. Desde el principio averiguaste que sus necesidades te las cargan a ti: son ellos los que quieren hablar, son ellos los que necesitan reconocerse, son ellos, en definitiva, los que sufren.

Si pudieras escapar regresarías a tu cuarto, si pudieras escapar te refugiarías en la oscuridad que te recogió durante años, porque aquella es tu casa y es donde te desaparecen los miedos. Esperarías tendida sobre tu cama, y cerrarías los ojos al escuchar sus pasos. Te sentirías atendida cuando descendieran sus carnes templadas sobre las tuyas, y tu rostro se llenaría de lágrimas cuando te penetrara con bravura.

Esa es tu vida, la que cayó sobre ti aquella tarde en el parque, cuando un desconocido te agarró de la mano y te montó en su coche. Dijo que tu mamá te esperaba y que él te llevaría a su lado. Lo creíste y hoy lo echas de menos, eso es, hoy añoras su presencia y sientes que ya no eres libre.

 

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