rendija sollozo

No salgas, Angustias, no vayas a buscar una excusa y vuelvas a la mercería a comprar algo que ni siquiera necesitas. Mira a Manuel, mira como se encuentra esta mañana, peor que nunca. Ha pasado una noche espantosa retorciendo su cuerpo maltrecho sobre la cama. Y tú con él, como es costumbre, porque es tu marido y así lo sientes. No te muevas de su lado, no, mejor será que continúes vigilando su sueño, ahora que lo tiene. Lleva más de tres meses sin pegar ojo por las noches. Como si el mismo demonio le entrara dentro, comienza con violentas sacudidas que le remueven todos los huesos, mientras llora y se lamenta con la pose de un niño abandonado. Eso es, Angustias, un niño. Ahora Manuel es un niño y debes cuidarlo como una madre.

Mira qué tranquilo, mira cómo ha recobrado la serenidad en el rostro, ahora duerme, ahora puedes contemplar lo que hace tanto se te escapa. No vayas a salir hoy a la calle, no hace falta. Mejor será que aproveches el rato y te asees. Llevas el pelo descuidado, ayer ni siquiera tuviste tiempo de cepillarlo, y la cara, podrías echarte un poco de crema, podrías asomarte al espejo ahora que Manuel descansa.

No vayas a salir, Angustias, no lo vuelvas a pensar. Ayer Manuel sonrió y Hortensia dijo que te miraba, que aquella sonrisa era para ti y las dos os alegrasteis. Fue entonces cuando recordaste el día de tu boda, cuando te viste pegada a sus labios, cuando la risa, como un gorgorito de color, os llenó de rojo y delirio. Las carcajadas os nutrían como una savia tóxica y los dos os envenenabais con ilusión, y los labios y los besos cargaban un delicado vapor que os mezclaba, os ligaba en el aromático estado del enamoramiento, una pasión que os acompañó veinticinco años. Aún no sabíais que la enfermedad iba a ser su sucesora. Y os lo arrebató como una mano arranca una flor, como una mano se lleva la hermosura, como una mano abandona una raíz que jamás ofrecerá el color de lo que robó, con la atosigante insistencia de la pérdida, con la marca inagotable de lo que un día hubo. Cada día contemplas abatida la cepa seca de vuestra relación.

Amor. Ya no te torturas con imposibles. Solo ayer cuando Manuel volvió a sonreír. Es tu obligación, Angustias, no ahondes en sentimentalismos infecundos, no ahondes porque ya son diez años de cuidados, diez años para que te hayas hecho a la idea. No es una cosa de ayer ni del otro día, no. Ya has tenido tiempo de entender.

A estas alturas, más que nunca, echas de menos un hijo. Siempre te quedó ese vacío, esa sensación de vivir a medias, porque ahora necesitas unas manos jóvenes a tu lado, un hombro donde poder descansar.

Descanso. ¡Cuántas noches sin dormir, cuántos días de custodia, cuántos dolores te sacuden el cuerpo! Hoy mismo tienes las piernas inflamadas, se te olvidó ponerlas en alto y se te congestiona la sangre en los tobillos. Y las manos, los dedos se te retuercen por la artrosis, pero como garrotes inquebrantables se entregan a Manuel y lo disponen por el día y lo serenan por la noche, tus dedos de esposa, tus dedos hacendosos, tus dedos de mujer que olvidó el color del amor. Lo cuidas todos los días de tu vida, sin embargo ya no lloras por él. Ahora lloras por ti y te sientes egoísta. No se lo has contado a nadie, callas tu llanto furioso porque has descubierto que de poco sirve. Al principio llorabas esperanzada, llorabas con la candidez que ofrece el desconocimiento, ahora ya lo sabes todo, ahora entiendes que Manuel morirá y cuando él desaparezca habrá guardado bajo sus párpados toda tu juventud, y tus ganas, y probablemente tu salud también. Porque en esta historia a ti te tocó el personaje que ofrece, el personaje que se despoja para entregar al de enfrente, sabiendo con certeza que la muerte correrá con todo. A veces sientes que depositas tu vida en un cementerio.

Te acusas de traidora. Ayer mismo bajaste a la mercería a por un sujetador. Aprovechaste el rato que viene Hortensia por las mañanas y fuiste a hacer la compra. No te hacía falta, lo sabes. Solo querías ver a Nicolás. Piensas en él todos los días, cuando te das permiso y antepones el ligero quejido de una ilusión a tu remordimiento constante. Esperaste en la cola tu turno, y cuando te acercaste al mostrador un atrevimiento repentino te arrancó una sonrisa. Nicolás te acompañó y descubrió el color de tus ojos, descubrió un gesto terroso y dulce, descubrió el brote de una fantasía. Tu mirada se abrió para él. Le pediste un sujetador y él te preguntó la talla. Te sonrojaste, no pudiste evitarlo, y Nicolás disimuló tu arrebato buscando entre unas estanterías. Te ofreció dos modelos y te invitó a tocarlos. Cuando pasaste los dedos sobre el encaje un estremecimiento te sobrevivo. Fue cuando descubriste que aún no habías muerto. Te llevaste el blanco, ni siquiera reparaste en comparaciones. Cuando volviste a casa te lamentaste por no haber elegido el otro, por no haber elegido el negro.

Llevas meses sin coser, no te apetece. La semana pasada bajaste a por hilos, una excusa más. Te enseñó colores preciosos y como te daba lo mismo, compraste los que él te aconsejó. Te preguntó la edad y por un momento no supiste qué decir. Debió pensar que estás medio boba cuando te pusiste a cavilar mientras él esperaba. Al final te salió la cuenta, dijiste sesenta y uno y abandonaste la mercería. Por el camino no podías parar de llorar.

Llegaste a casa y Manuel gemía porque no quería comer. Hortensia le ofrecía con una cuchara sopas de pan y leche, pero Manuel gemía porque no quería tragar. Te acercaste y le diste un beso, ni siquiera te miró. Continuó con su guerra, con su mirada perdida, con su boca trémula y derramada, con ese vacío que le devora. A ti también. Cada rato que se borra de su mente desdibuja tu persona. Porque tú formas parte de él, tú compartiste secretos, entregaste vivencias, emociones, y ahora el que las recogió las pierde entre las aberturas de sus dedos, se le escapan sin la pena de perderlas, y tú lo miras y es entonces cuando entiendes que algo muy hondo se ha roto entre los dos. Porque ya no soy los dos que os conocisteis y os amasteis, ya no sois Angustias y Manuel; Manuel se ha borrado y ahora dedicas tu vida entera a un extraño.

No te reconoce, no sabe quién eres y lo que más pena te da, es que tú tampoco. Manuel se murió cuando sus ojos se cubrieron de un agua de rareza, cuando perdieron la confianza de tu cercanía, cuando se aproximaban a los tuyos y rehuía como de un desconocido. Murió y ha dejado su cuerpo, ha dejado el cebo idóneo para tu reconcomio, para que la pena y la obligación te trague. Y te traga. Te traga porque te has abandonado al remordimiento. A veces te asomas por la rendija de tu propio sollozo, a veces te miras con disimulo, como con miedo a observar, como con miedo a sentirte observada. Y solo en esas ocasiones es cuando entiendes que las lágrimas caen sin orden, como las penas, y que el desorden de tu vida es lo único que te mantiene latiendo; es entonces cuando temes perder el cuerpo de Manuel.

Y a pesar de la catástrofe de tu vida, un día descubres que en el tiesto seco de tu cuerpo, en el útero ajado de tu ensoñación, una yema comienza a brotar. Y sonríes, porque un nacimiento siempre se recibe con alegría. Se llama Nicolás y es el dueño de la mercería que abrieron nueva, a dos manzanas de tu casa. Se llama Nicolás, y cuando revelas tu emoción te llamas traidora porque la yema creció en una rama forastera, y te sientes infiel mientras te cae encima el recuerdo de tu esposo.

No te das permiso, Angustias, no te abres a la ilusión, y aunque cabecees apocada, ya no puedes deshacer el vergel de tu cuerpo: el renuevo ha seguido su curso y te ha llenado de flores el vientre. Te tapas, te cubres como si el color fuera vergüenza, como si el olor de la ilusión anunciara tu deslealtad. Tú no traicionas a nadie, no, no te traiciones a ti tampoco. Mañana bajarás a la mercería y tus ojos se abrirán a la entrega, tus ojos serán la abertura de tu cuerpo, un balcón que se llenará de colores y fragancias y recogerán los deseos de ese hombre prudente que te espera. Nicolás se llama, Angustias, y ya puedes perfilar su nombre sin bochorno, porque no está quitando a nadie, solo quiere recoger, discreto, lo que en tu cuerpo a florecido para él. Y será entonces cuando entiendas que has vencido a la muerte, que Manuel cerrará los ojos pero tras él solo correrá el recuerdo, tú te quedarás con la gratitud calmosa de su despedida.

 

Finalista en el VIII certamen literario El Vedat de Torrent 2014

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