Sola

Me coloco frente al espejo. Con una valentía sobrevenida levanto la mirada y puedo contemplarme. Tantos años sin reconocerme, tantos años sumida en un lacerante caos de recuerdos atormentados. Ya no volverá, ya no. Se marchó y aún me empeño en arrastrarlo a un presente que no quiso. Por eso llevo años sin mirarme en ningún lugar. Mi rostro marca el tiempo en cada surco que se perfila como una herida, como una  señal impúdica del paso de la vida sin él.

Me voy desnudando poco a poco, como con miedo. Mi cuerpo se estremece con cada prenda, con cada pérfida caricia del tejido al caer. No me molesto en recoger la ropa del suelo, desabrocho el sujetador y descubro unos pechos que se impresionan por la desnudez. Soy yo. Desenredo mis manos confusas y desenmascaro unos dedos empeñados en ocultarse. Tiemblan, mis dedos tiemblan, pero me aferro a ellos tras el recuerdo de la destreza que un día tuvieron, mis dedos, repiqueteo de sueños quebrantados, creencia súbita. Comienzan a deslizarse como en una travesía de terrenos abruptos, serpenteando pieles y templanzas, olfateando senderos abandonados, buscando codiciosos el rumor de la fontana, de los jugos de su cuerpo. Dedos músicos, tañido de carnes. Las yemas se reclinan para beber, y sorben el agua en una eclosión de placeres sexuales, en una lluvia de tactos olvidados. Un gemido incontrolado asegura que soy yo. Sonrío y enjugo las lágrimas de los ojos.

Texto seleccionado por la editorial ACEN. Relatos cortos isonomia: Mujer y sexualidad