El-abuelo

Cuando yo era joven, niña mía, me comía el mundo a mordiscos. Sí, sí, no creas que son fanfarronadas de un viejo medio tarado, que yo fui hombre de pecho hacia delante y no hubo batalla en la vida que me venciera ni achicara siquiera.

Cuando la guerra tu abuela y yo ya éramos novios, ella podría dar fe de todas mis palabras, que desde que nos vimos una tarde en el cruce del caño, no nos cansamos jamás de mirarnos. Era una hembra de las que ya no quedan. Con aquellos pechos abundantes, en constante calentura, caderas ajustadas y fuertes… como sus brazos, que recogieron ocho hijos, ocho cuerpos que arrulló y alivió del desconsuelo, ocho bocas que amamantó a pesar de las fatigas que por desgracia sufrimos.

Siempre estaba en paz con el mundo, para ella no había más alegría que abrir sus manos y llenarlas con sus hijos, y así estuvo, pariendo hasta que el cuerpo se le secó, ¡bendita la hora! que a la pobre jamás se le escapó un lamento, pero la desmejora se la tragaba.

Dos años estuve en el frente y la abuela aguardó. Aunque me dieron por muerto, que la cosa tiene brega, aunque ella decía que su Fermín era como la roca, que se podía desmoronar por algunos cantos, pero que nadie era capaz de hacerlo arenilla.

No te imaginas la alegría cuando aporreé la puerta. Dormida estaba junto a su padre, con la lumbre echa rescoldos y encogidita por el frío que caía aquel invierno. Al cruzar el tranco, de un salto se echó sobre mi pecho y el padre sonreía, por lo bajo, al ver nuestra dicha. Ya no hubo más que decir, porque con aquella mujer las palabras sobraban, niña, que a tu madre le pasa lo mismo. Son hembras que hablan con los ojos, porque en ellos crece la alegría y se enreda la pena, como la hiedra, y entre medias se les dibujan unas centellitas que te van reseñando cuál es su siembra. Con ellos nunca hay pérdida, porque son ojos de verdad, de justicia, como ventanucos que dejan ver lo que alberga el cuerpo. Debió ser por eso, niña mía, que de ningún modo fue capaz de lanzarme un embuste, jamás, porque siquiera con pensarlo le daba la risa y los ojos se le escapaban de pura vergüenza.

¡Cuánto la quise, rediós, cuanto…! Si era sentir sus pasos removerse abajo, en la cocinilla, y una alegría me sobrevenía al lecho, y ya, con regocijo me echaba al mundo y corría por las escaleras para comer lo que hubiera guisado con su buen tino. Hacía empaque de un trapo viejo, ¡menudas manos tenía!, y con unas papas y unos huesos sacaba una olla para relamerse. Aún la siento corretear por la casa con sus zapatillas de paño, con sus pies menudos aventando la labor del día. Tenía fuelle hasta cerrarse el día.  Cuando ya no podía con su alma, de una brazada, cogía a los más pequeños, los cargaba y se los ponía a dormir en el jergón de abajo, junto a la lumbre y arropados con sus sayas. Allí hacía noche, quietecita, y cada rato abriendo el ojo y mirando a sus crías, porque de buena madre se perdía, que hasta hubo veces que dijo que yo le daba más batalla que los propios muchachos.

Y ahora que lo pienso…, hice cosas que no fueron de justicia. ¿Pero qué iba a reparar yo en aquellos años? Si es que el macho no acierta en menudencias, ni en detalles de esos que ella echaba en falta. Pero yo la quise, ¡copón!, la quise más que a  mis ojos.

Varios escarceos tuve con alguna moza, poca cosa, porque a quien yo quería era a tu abuela. Me da a mí que de algo se percató, pero ella tragaba y echaba para delante, aunque los ventanucos de su cara se le ennegrecían y no soltaba palabra. En una ocasión, la Felisa, la de los quesos, debió afrentarla en el mercado, pero la abuela infló el pecho y dijo que su Fermín era mucho hombre y que para hablar de mí, antes, debía limpiarse la boca. Ella era hembra para todo y no dejaba que los rumores la redujeran. El tito José me lo contó, bien chico era por aquel entonces, porque andaba agarrado de ella y sintió cómo la abuela le apretó la mano haciendo como si nada pasara.

Todo acaba, todo, que la vida ya me dice que la ocasión se está apurando. Y yo, volviendo la vista atrás a cada momento, porque me he hecho viejo, sí, y me he arregostado a vivir del recuerdo. Si es que me estira, tanto he bregado en estas aguas, que la corriente me arremolina hacia atrás, hacia atrás…

Y ahora me viene a la cabeza el día que naciste: mi primera nieta. Yo ya andaba por los setenta y hartito de machos en la familia, pero tu madre vino a darme la alegría. Ella siempre me ha ofrecido contento. Y decidió que pariría en el cortijo, en la cama de sus padres, donde habíamos nacido todos desde muchos años atrás. Puso a la partera en aviso y cuando empezaron los dolores la casa entera se llenó. Candela, así te llamó, como la abuela. Y mira que tiene guasa, porque siempre le gustó ponerme en apuros, va y se le ocurre a la buena moza colocarte en mis brazos, en estos brazos temblones y torpes que solo sirvieron para custodiar animales y trabajar los campos. Allí te soltó y yo te apreté como a un corderillo, con miedo, hurgando con ilusión el fondo de tus ojos, esperando paciente que se abrieran para ver si la suerte me hubiera cazado de lleno y fueran, como los de la abuela y los de tu  madre: ventanucos del cuerpo. Medio pasmado me debí quedar, porque al rato se pusieron a reír y yo tragué apurado por el bochorno. Fue cuando descubrí el gusto de tenerte, cuando me prendí de ti, niña mía, la criatura más hermosa que la vida me pudo ofrecer.

Pero la vida ha enredado el paso. Cuánto envidio la fortaleza de la juventud, cuánto añoro la embestida de mi cuerpo, igualito que el de un toro, hacía delante, con valentía. Este desorden de plazos ha quebrado mi cuerpo, y mi cabeza que ya no da más que para el lamento. Dime, niña mía, ¿por qué tú, por qué te cubre a ti la tierra y no a mí? La abuela te debió recoger con cariño, ¡bendita mujer!, pero era yo quien tenía que haberme abrazado a ella, aunque puede que ya ni me reconozca: cuerpo seco, carnes replegadas sobre la pena. Ahora mis brazos están vacíos, tanto me acostumbré a arrullarte, hasta bien grande, que las piernas te colgaban y yo te pellizcaba las nalgas esperando tu risa.

¿Te gustan estas flores? Son las del huertico de la Elisea, me las ha dado para que te las traiga, como cuando marchábamos adrede paseando, los dos, para cortar unos tallos y regalárselos a tu madre para el día de su cumpleaños. Ahora bajo deambulando por el mismo camino y veo tus ojos abiertos a la ilusión, y aprieto la mano como si guardara la tuya dentro…tonterías, niña, porque ya no estás. Te las dejo aquí, sobre la piedra, así te acordarás de lo que te quiero, te acordarás de mis torpezas, de los ratos que pasamos juntos, de mis batallas, niña, porque a mí, a mí  solo me queda eso, el recuerdo.

 

"Segundo premio en el XV Concurso de Narraciones de Leioa - Bilbao"

 

 

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