Distancia-Tocado

Un día al vernos te abrazaré. Un día. Caeré sobre tu cuerpo, como en un refugio, como en un lecho de intenciones cumplidas. Un día dejaremos que ese muro imperceptible se desmorone. Levantaré la mano, mi mano vacía, y en su hueco, como un halo cosquilleante,  recogeré el fulgor de nuestras ganas, calmosas, seguras.

Tú me miras y yo sonrío, mientras nuestros cuerpos reciben el juvenil aleteo de la provocación. Yo te miro y tus ojos desean lo mismo que los míos, porque ellos hablan y se conocen, y nuestras bocas se esconden entre conversaciones equivocadas, voces que persiguen tapar un deseo constante, un repique que nos pretende desde que supimos el uno del otro.

Un día, sí, un día. Pero nuestras vidas deambulan en paralelo, como dos trazos forzados al desapego vamos alargando el dibujo, mirando el uno hacia el otro, recordándonos, fantaseando haber coincidido en un punto anterior, libres, convertidos entonces en otros que no somos.

Fue el tiempo el que nos traicionó, su desatino, esa, esa es nuestra mayor condena: el destiempo, el orden desordenado de conocernos.

Un día. Yo te miro y tú me miras, un día, a lo mejor…

Pero es entonces cuando pienso que este juego de insinuaciones es la garantía de su propia supervivencia: la fantasía, la distancia, ese muro imperceptible que permite afinar a cada uno el son del querer a su oído, orquestar el sinsentido que nos atrapa en mundos diferentes.

Un día, puede ser, un día, ¿o no?, quizás no.

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