Valiente

Valiente es todo aquel que se enfrenta a sus miedos. Estas palabras se convirtieron en mensaje desde niña, mi madre lo repetía una y otra vez empeñada en empujarnos, hacernos caminar y lanzarnos a un mundo lleno de sorpresas. Sin embargo, todo esto resulta sencillo cuando las cosas evolucionan respetando los límites de la normalidad, permitiendo asomar risas y llantos, ilusiones y fracasos pero, al final, todos los asuntos quedan cercados por el consolador sentimiento de felicidad, sí, ocurren cosas, no todas buenas, por supuesto, pero cuando uno coloca en la balanza su propia vida, sonríe satisfecho observando que lo bueno gana la partida.

De niña fui valiente, incluso en los complicados años de adolescencia, o tras el abandono injustificado de mi padre. Navegué junto a mi hermana, las dos, cargando el hermoso mensaje de nuestra madre: había que enfrentarse a los miedos. El problema llegó a los veintitrés años, el día mismo de mi cumpleaños. Dejé de ser valiente, dejé de enfrentarme a mis miedos porque la vida decidió no regalarme risas ni ilusiones, borró el acostumbrado sentimiento de felicidad y se mostró como una fiera hambrienta, desesperada por tragarme. Afiló sus dientes y miró, desafiante amenazó con sus ojos ardientes, se creció ante mí empeñada en acabar, sí, la vida con todas sus sombras apagó el coraje y valor que presumí años atrás, hizo desaparecer las luces trazadas con mis ojos de ilusión y me desahució a la más abatido vacío.

Amaneció un día hermoso, no fue suerte, solo que nacer en el mes de junio regala muchos boletos para que una pueda ser premiada con un soleado día donde festejar el cumpleaños. Hacía calor, sin embargo el sol no apretaba con la fuerza suficiente como para ser capaz de atosigar a todos aquellos que se mueven bajo él. Las clases habían acabado la semana anterior y los resultados fueron tan explosivos que mi madre, como regalo y recompensa, me entregó un sobre con cien euros y permiso para organizar una larga noche de celebración con todos mis amigos. Mi hermana estaba encantada y se pasó la  tarde encerrada en su habitación llamando a unos y a otros, acumulando conocidos, y dispuesta a preparar todo lo necesario para una noche inolvidable. Otros años habían sido parecidos: nervios, ganas y necesidad de no pasar por alto una celebración entre amigos.

A las ocho comenzamos con los preparativos. Las dos reíamos en el baño, con cualquier bobería, la alegría propicia la risa tonta, una simple palabra o gesto son suficientes para entrar en el maravilloso bucle de lo absurdo, de la risa nerviosa, de la inconsciencia y la juventud. Martina, mi hermana, se duchaba tras la cortina y yo me secaba el pelo con la cabeza hacia abajo mientras le daba, con los dedos, la forma necesaria para que quedara bien ahuecado. Después del baño y el peinado llegó el turno del maquillaje, sofisticado para la ocasión, terminando enfundadas en dos diminutos vestidos y sobre tacones ciertamente peligrosos. Estábamos listas, dispuestas a degustar los sabores de una noche espléndida. Cuando abrí la puerta, Martina me llamó. Falta el perfume, gritó. Agarró el frasco de cristal y pulverizó dos toques al aire.  Solo con la gracia que ella tiene comenzó a dar vueltas bajo las minúsculas gotas que caían, frescas, húmedas, sugestivas. Volvió a repetir la acción y de un empujón me colocó bajo el aromático rocío. Sonreímos y salimos de casa.

Cenamos ocho amigos, los más cercanos, los habituales de los fines de semana. Estábamos radiantes, Martina hablaba desenfrenada, reía sin reparo y los ojos se nos llenaban de un brillo de vida, se colmaban de vida, cierto, la que teníamos y disfrutábamos, la que nos ofrecía sus tonos, suaves y cálidos en todo caso, la que nos dio a beber sus jugos dulzones, la misma que, a la vuelta de la esquina, me esperaba dispuesta a mostrar un negro aterrador, adentrarme en el desconsuelo de su cueva deshabitada y chuparme, con desespero, aquel brillo de mis ojos.

Cerca de las doce terminó la cena y nos marchamos a la discoteca donde nos esperaba otra parte del grupo, los menos íntimos, los que se reservan para hacer bulto, para rellenar los momentos de juerga. Música, humo, alcohol, gritos y movimientos descontrolados. El ruido retumbaba sobre mis sienes y las luces se movían como lanzas presumidas, señalando, en cualquier instante, lo que en breve quedaría en el olvido. Indiscretas luces, saqueadoras de lo privado, capaces de desnudar lo misterioso y confundir, a golpe de destello, la pasajera realidad. Fue una noche de excesos, como tantas otras, noche de juventud, de imprudencia y precipitación, noche, por desgracia, de despedida.

Martina terminó enrollada con un chico, lo habíamos visto un par de veces, suficientes para entender que estaba para comérselo: un tío cañón. Mi hermana, por lo visto, se lo comió y el resto nos dejamos arrastrar, con un cubata en la mano, tras el consolador alcohol, un refugio que anestesia las almas perdidas. Sobre las seis de la madrugada apareció Martina. En aquellas horas los muros de la discoteca solo cobijaban a títeres esperpénticos, espantajos desencajados infectados de licor. Asomó sonriente, se acercó y gritó al oído que me marchara sola a casa, ella volvería con el chico cañón. Sonreí como muestra de complicidad, mientras me ofrecía las explicaciones que tenía que dar en casa. Solíamos volver juntas, sin embargo, aquella noche  Martina tuvo suerte, le dio una patada a la desgracia y salió por la puerta grande, por la puerta que yo vi cerrada y nadie abrió. Estaba cansada, había agotado todas mis ganas y solo me quedaban deseos de volver a casa y tirarme como un trapo sobre mi cama, de cualquier manera, como fuera, pero cerrar los ojos y descansar. Me despedí del grupo, desmembrado por las horas y los excesos. Salí al parking y monté en el coche. Sabía que estaba borracha, sabía que no era prudente conducir, sabía lo inoportuno de mi acción, pero lo que no sabía es que las desgracias pudieran llegar a mí. Me incorporé a la carretera y ya no recuerdo más, una cabezada, un volantazo, un choque, una fatalidad.

Desperté y descubrí la cara de mi madre con la desgracia dibujada en sus ojos descompuestos, descubrí a Martina, infatigable compañera, y descubrí todos los rostros que fueron apareciendo, uno a uno, como si los hubiera olvidado, como si se hubieran borrado en mis días de inconsciencia. Desconocidos, eso fueron durante las primeras horas, desconocidos. Sin embargo necesitaba tenerlos cerca, escuchar el mimbreo de sus voces, el olor de sus cuerpos sanos y libres. Yo, en cambio, estaba enferma, derrotada por un infortunio el día mismo de mi veintitrés cumpleaños, tocada y, evidentemente, hundida. No sabía el alcance de mis secuelas, no pregunté, tan solo me dejaba perder entre el desagradable aroma a enfermedad, una repugnante mezcla de químico y desinfección ficticia; mi cuerpo desprendía olor a enfermedad, la mía, la que me había tocado y la que me llevaría cuando saliera de aquel hospital. Un mes y cinco días respiré entre nauseabundas sensaciones, tendida, quieta como una talla de piedra, después me colocaron en una silla y sobre ruedas descubrí la calle, también olvidada o borrada días atrás.

Han pasado dos años desde el accidente, dos años desde que mis pies se negaron a caminar, y como si ofrecieran un alivio milagroso, me colocaron sobre ruedas, sin entender que todo son remiendos, añadidos y parches a una vida llena de miedos. Durante meses anduve mostrando mi torpeza y chocaba con todos los muebles de la casa, con las puertas, con cualquier esquina, rodando como una tullida, un pedazo de carne manejado por unos y otros, incapaz de escapar de los colores tenebrosos que mis ojos, solo eran capaces de registrar. Me veía muerta de cuerpo, sentía cómo la tierra cubría mis carnes inmóviles, sentía cómo se descomponían mis piernas magras, como las de cualquier cadáver; sin embargo se habían olvidado de mi cara, tan viva como siempre; se habían olvidado de cerrar mis ojos, más húmedos que nunca; se habían olvidado de callar mis palabras, más ácidas y dañinas. En definitiva, me habían matado a mitad, me habían enterrado el cuerpo y tenía la mala suerte de ver mi propia putrefacción.

Yo quedé paralítica, una gran desgracia, y sin darme cuenta desgracié a  todos los que se empeñaron en estar conmigo. Me obcequé en entristecer a mi entorno, necesitaba arruinar sus vidas, que sintieran la tristeza en sus carnes con la misma intensidad que la vivía yo, infinita y lacerante. Durante meses mi madre se escondía para llorar, y por las noches gemía contenida intentando derramar la tristeza que yo vertía cada día. Martina dejó de sonreír, dejó el brillo de sus ojos guardado en cualquier cajón, seguramente junto a las ropas y los tacones, junto a las cremas y los maquillajes que no volvió a usar. Como tres mártires, como tres cuerpos descoloridos nos encerramos en nuestra casa, una cárcel en aquel momento.

Fue Martina la que hace tres meses sonrió, tras el desayuno. Serían las nueve y de su dormitorio se escuchó el timbre de un teléfono móvil. Se levantó pausada, se levantó sin ganas, se levantó y nadie la siguió. A los diez minutos volvió al comedor, me miró y sonrió. Yo no la acompañé en el gesto, siempre lo había hecho, nos habíamos contagiado las risas y las alegrías, pero aquella mañana no, aquella mañana sentí rabia de su contento y enfurecí por dentro, como si aquella sonrisa, leve y comedida, la distanciara de mi desgracia, la sacara por la puerta grande, como la noche del accidente, y fuera, nuevamente ella, la afortunada en todo. Agaché la mirada y callé. Martina volvió a su dormitorio y durante rato se oyeron las puertas y los cajones de su armario, se abrían, se cerraban, ahora uno, no, ahora este otro. Cada minuto desataba mi furia, uno, dos, tres, probablemente hasta veinte, veinte interminables minutos trajinando con sus cosas, con ropas y complementos que yo no quería ver, ellos habían muerto dos años atrás y ya nadie debía  resucitarlos,  inservibles, desahuciados, enterrados y ya está. Salió en silencio, atravesó el comedor y desde la puerta del recibidor se giró y se despidió de las dos. Mi madre sonrió, por lo bajo, sin querer pero sonrió. Yo, en cambio, callé y contuve todo lo que pude para que ninguna lágrima traicionera saliera de mis ojos y diera la noticia de mi estado encolerizado. Las dos esperamos en silencio, las dos sorprendidas ante la determinación de Martina: había decidido sesgar la tristeza, había tocado fondo, se había dejado arrastrar tras mi ánimo catastrófico apurada entre las violentas aguas de mi amargura y, en consecuencia, había decidido poner punto y final a una destrucción más que segura.

Mi madre se alegraba, en lo más íntimo sentía gozo de aquella decisión liberadora, sin embargo, yo no comprendía aquella traición, éramos una familia, éramos un bloque, para lo bueno y para lo malo, siempre juntas, pero Martina había salido, sola, con ánimo de olvidar mi desgracia, sonreír y desquitarse de una pena que no entendía como suya; ella, al fin de cuentas, podía escapar, ella, siendo realistas, no estaba postrada en una silla de ruedas, ella, en suma, se había solidarizado con mi drama, pero de todo se cansa uno y, ella, había decidido salir huyendo. Así lo entendí y así lo sentí. Entendí que su acción era egoísta y sentí su abandono como la mayor traición que jamás nadie me ofreció. Lloré por dentro, rabiosa e indignada, lloré y esperé. Tres horas y cuarenta minutos tardó en aparecer, satisfecha, serena y con aquel brillo de vida que, siempre, salvo en los últimos tiempos, había llenado sus ojos. Se acercó y me besó, en la mejilla, como quien besa una talla sagrada, con fe, con convencimiento y fidelidad, pero sin esperar, tras su entrega, ninguna muestra ni emoción.

Sus salidas se fueron sucediendo, en día alternos, cuando sus obligaciones se lo permitían, cuando podía. Ella conocía mi malestar, sabía la rabia que me generaban sus idas y venidas. Martina no se sometió a mi manipulación, venció sus miedos y fue valiente. Se esforzaba en complacerme, se esforzaba en llenar mis ojos de vida, se esforzaba en que todo fuera como antes. A pesar de su empeño yo la torturaba, constantemente, con desplantes y desprecios, ultrajándola con la fuerza de mi rabia contenida. Hasta que un día Martina se cansó, como se cansó de un encierro eterno, como se cansó de no sonreír jamás, se cansó y habló.

—Valiente es todo aquel que se enfrenta a sus miedos, ¿te acuerdas?, y tú eres una maldita cobarde.

Martina gritó y después, cuando pudo, lloró.

Aquel mensaje vino a mí y me descubrió. Tenía miedo a la vida, en su conjunto, miedo a sentirme viva, en resumen, miedo a vivir. Había cometido un crimen conmigo misma, me había matado y pretendía continuar y acabar con los seres que más quería: mi madre y mi hermana. Diez palabras, diez intensas palabras representativas de mi incapacidad, yo no era valiente, no me enfrentaba a mis miedos, pero, si algún día lo hice, de lo que estaba convencida, tenía que volver a ser capaz, a pesar de la dificultad. Observé a mi alrededor, rastreé sobre mi tristeza y comprendí lo que Martina ya sabía: yo era una maldita cobarde. Tres días tardé en entender. En silencio, observando y rastreando, por fin entendí. La mañana del cuarto día, mientras desayunábamos, decidí sonreír, por lo bajo, mientras llenaba la taza de leche, sonreí discreta y mi hermana se contagió, y me miró, y se contagió más, y carcajeó, y yo carcajeé, y mi madre, la pobre, lloró. Comenzamos a colorear la piel de nuestros cuerpos, comenzamos a abandonar los tonos descoloridos que la tristeza nos había impuesto, comenzamos a ser lo que fuimos.

La mañana del séptimo día Martina me vistió. Suspiró instintivamente y abrió el segundo cajón de mi armario, un cementerio de sedas y colores, de rasos y brillos, de sueños y esperanzas. Fui valiente y me dejé hacer, aunque un escalofrío me recorrió cuando el cajón rechinó, cuando el cajón mostró lo que guardaba, sin embargo, fui valiente, Martina me vistió, por fin, Martina me resucitó. Estábamos preciosas, nos miramos y comenzamos a llorar, emocionadas nos agarramos, nos envolvimos entre nuestros brazos, de la alegría llorábamos, abrazadas y contentas, vivas, sin más. Al instante reparamos en la presencia de nuestra madre, ahora reía, reía y lloraba, mientras nos contemplaba desde el quicio de la puerta sin querer participar, había bastante, risas y llantos y, sin duda, una alegría nueva. Atravesamos el comedor hasta llegar al vestíbulo, nos despedimos de nuestra madre y salimos a pasear. A pesar de mis ganas sentía miedo, sentía cómo las miradas se me clavaban, una tras otra, cómo avanzaba sobre ruedas y las cabezas se giraban cuestionando mi estado, miedo, sentía miedo, pero era valiente y tenía que enfrentarme a él. Durante las primeras semanas siempre me acompañaba Martina, encantada me llevaba de un lugar a otro, orgullosa de mostrar al mundo la alegría de su hermana, porque yo era la misma para ella, su hermana, como era la misma para mis amigos o conocidos. Las diferencias las había impuesto yo, o quizás mis miedos, esos a los que ya me enfrentaba con la violencia desmedida que ofrece la valentía; era valiente y había sido capaz de sacar mi cuerpo de la tierra que me cubría, de sanar mis heridas y llenar mis ojos de vida, de ese brillo que Martina y yo siempre habíamos compartido, y ahora, siendo valientes, nos rezumaba como un bálsamo heroico, un elixir milagroso.

Desde hace una semana he decidido salir sola, o siendo más exactos, sin Martina. Los viernes y sábados, por la tarde, quedo con Daniel. Parece curioso que esto me esté pasando a mí. Lo conocí una mañana en la biblioteca, es estudiante de químicas y lo maravilloso es la  facilidad que tiene para hacerme sonreír. Me contagia, al igual que Martina, Daniel me contagia, y es tan bueno todo lo que me da… Dice que le gusto, dice que le ofrezco la fuerza necesaria para comerse el mundo, y que mis labios perfilan y aclaran todo lo difuso o borroso. Yo lo miro, y se pierde fascinado entre mis caricias. Él ha venido a confirmar que hace dos años y tres meses no morí, él ha venido a usar mi cuerpo, aquel que enterré; a asomado sonriente a contemplar mi valentía, a aprender que los miedos existen, nos persiguen y atosigan, sin embargo, hay que enfrentarse a ellos porque de lo contrario se multiplican. Hay que tragar con fuerza y no permitir que los colores que dibujan la vida desaparezcan por más que el negro aterrador se derrame sobre nosotros. Daniel, así se llama mi ilusión, Daniel, el estudiante de químicas. Y ahora mira a Leonor, que soy yo, y Leonor le sonríe, le besa en la mejilla y agradece su presencia. El camarero interrumpe cuando deja unos refrescos sobre la mesa de una terraza donde comparten la tarde. Leonor gira la vista a un lado y se pierde entre los colores de la calle, entre el vaivén de los viandantes, entre los gritos de los niños que invaden un parque cercano. Sus ojos corren por las aceras, saltan y bailan por el asfalto de las calzadas. Daniel la sigue inquieto y los dos se escapan con sus ojos, corriendo alegres, brincando como dos niños pequeños, orgullosos de tenerse y sin darse cuenta, todavía, de que se quieren. Daniel y Leonor, dos valientes.

Segundo premio concurso literaro Sant Boi de Llobregat.

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