Bebe, sé que estás sediento, bebe despacio, yo te ayudo. Te caen gotas por la comisura de los labios y es ahora cuando me acuerdo de nuestra juventud, me acuerdo de aquellos tragos a la orilla del río y te veo de rodillas sorbiendo la frescura del agua, te veo sonriendo y un escalofrío me estremece el cuerpo. Nos besábamos y con mis labios recogía la pureza de tu boca, con mis labios fecundaba el renuevo de nuestros deseos, los pétalos que daban color a nuestro pasos. El color de la ilusión, de la ternura, el color del misterio que nos arrastró el uno al otro, el misterio que me llevó a beber de tu boca. Ahora ya no puedo, ahora el tono brillante que nos perfilaba con su mano condescendiente se ha clavado en nosotros, doloroso, y el dibujo que un día trazó con sus colores y esencias lo ha convertido en un esperpento, un manchón que se empeña en cubrir nuestras vidas.

Solo en tus ojos queda el centelleo de aquellas tardes, en tus ojos perdidos, en tus ojos de agua, en tus ojos de balsa y añoranza. Si pudieras hablar lo harías, si pudieras hablar dirías mi nombre y mi cuerpo se abriría con cada letra que resbalara entre este hueco vacío que nos empuja a los dos. Vacío, el que llenamos un día con cada gesto, el que hoy nos tiraniza con su mutismo, vacío, el que nos desvanece entre la turbación de los años. Y ahora somos dos ancianos y tú te escapas y yo me niego a esta distancia, me niego entre pataletas de vieja, entre berrinches que nadie escucha porque estamos solos, ¡maldito vacío que todo se lo lleva! Bebe y traga, bebe y con mi lengua trémula recogeré lo que tu cuerpo derrame, con cuidado, con mucho cuidado, pensando, como siempre, que hoy pueda llegar el final.

 

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