Melodia

Baila, niña pequeña, mueve tus pies y levanta tus brazos, al aire, como si una caricia te arrullara, como si la cálida brisa del cielo que te mira quisiera acompañar tus pasos tímidos de niña que recela.

Sonríe, niña mía, y déjate llevar por la melodía que nace en tu cabeza, es tuya y de nadie más. Sonríe y cierra los ojos, como si nada peligrase en tu vida de chiquilla, como si ese cuerpecillo diminuto confiara en el aroma desconocido de la bondad.

¡Gira, y gira, y gira!, niña, como un torbellino de sueños, como un remolino de alucinaciones, como una corriente desmedida, tu corriente, esa que serpentea entre tus carnes amedrentadas por la pena y ahora se liberan en una locura de armonías inventadas.

Te miro, criatura, ahora que soy mayor, ahora que reparo en el dolor que aún con los años no ha pasado. El tiempo ha corrido, el tiempo mudó pieles y esperanzas, el tiempo se precipitó como un vómito incontrolado que cayó sobre ti y entonces fui yo, la que ahora mira y te anima a bailar.

Te invito al sueño, a la risa, te invito a dejarte llevar en un sinsentido, en el que tú deseas creer, con tus labios de fruta y jugos, con tus ojos abiertos al contento, con tus manos chiquitas. Te invito, niña mía, a que inventes tu mundo, el que perfilan tus dedos nerviosos y el que los años querrán desvanecer sin contemplaciones. Borra lo que soy, dibuja con tus manos y libérame de la injusticia del tiempo, maldito tiempo…

No me canso de mirarte, no me canso de volver a ti y sufrir por las dos. Niña, la que fui, niña, quizá, niña, la que sigo siendo.

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