Mi macho

Me pidió que me acercara. ¡Hacía tanto que no nos veíamos! Caminé hacia él, caminé enajenada, caminé convencida de que aquello era una alucinación. Andrés sonreía mientras se descubría el torso, mientras desabrochaba, uno a uno, los botones que encarcelaban su pecho, carne tersa que un día fue mía. Necesitaba descansar sobre su cuerpo, apuntalar mi cabeza entre sus brazos nervudos y dejarme recoger, una vez más, aunque fuera la última. Llegué, cerré los ojos y sentí su aliento, sentí cómo recorría la fragilidad de mi cuello, cómo el soplo íntimo y cálido que me ofrecía, culebreaba por mi columna hasta concentrarse, provocador, al término de mi espalda. Era mi macho, la fiera que aullaba mi nombre con cada golpe de placer, con cada embestida amorosa. Aún no nos habíamos tocado y su aliento se tornó en palabras, musitadas, todavía calientes. “Dime que me amas”, eso pidió, y yo pronuncié cada letra que me abrasaba en la boca, y mis labios se abrieron para recoger, para lamer aquellos deseos que se nos agolpaban en nuestros sexos, en nuestros vellos erizados, en la sabrosura de nuestros cuerpos repletos. Sus dedos se enredaron entre mi blusa y como cuchillas ansiosas rasgaron la tela, y mis pechos quedaron desnudos bajo sus manos escarpadas. El desnivel de sus palmas recorrió mi vientre, descendiendo con mimo, husmeando cada hueco mientras rescataba la virilidad que le erguía atosigada bajo el pantalón. Nuestras bocas se juntaron y fue cuando la mezcla de sabores nos obligó a la entrega. Sentí la intromisión de su sexo como una rendición satisfecha, un asalto preciso, un goce colosal. Su carne recorría mi carne, y el hueco que lloraba la pérdida, ahora libaba deseos y humedades, ahora gallardeaba pleno.

Dejé de ser yo para mezclarme con otro, abandoné el lamento para acuclillarme ante el quejido, ante la hipnosis inevitable de su olor. Olfateé, husmeé, averigüé lo que la ausencia había borrado, y me abandoné gustosa a la dicha de su cuerpo.

 

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