Maria Antonia

Mira que tienes guasa, María Antonia, que te has tenido que morir tú antes para darme el disgusto. Si sabes que no soy hombre de preparativos, ni sé organizar el pan y la pringue para llevármelo a la boca. ¡Ay, María Antonia!, cincuenta años a tu sombra, pegado con gusto, eso sí, pero digo yo que son muchos años y uno se arregosta a dejarse llevar como reguerillo de agua. Mira que tenías cuajo, para cualquier menester, y aplomo, que cuando algo se te clavaba entre las cejas no te lo quitaban ni a estirones. Yo ya no me entrometía en tus avíos, y te dejaba a la tuya, que ya me percaté que si me daba la idea de husmear, la brega estaba preparada, y uno se cansa de tanta batalla. De zagal me hubiera dado alegría que te hubieras allanado, de tarde en tarde, y me hubieras regalado alguna palabrilla de esas que se dicen los enamorados, pero eras dura,  María Antonia, y cuando en un atrevimiento te insistía, me achicabas los ojos de pura furia, y a gritos me espantabas diciendo que si no, por qué demonios me ibas a aguantar.

Pero ahora estoy aquí, a tu orilla, sentado como un pingajo, y las carnes me estiran hacia las tuyas. Los muchachos dicen que me cuidarán, pero no sé yo si la vida dará lugar a convertirme en un estorbo, que ya decías tú que a los viejos no los quiere nadie y menos a mí, que soy menos desenvuelto que un cojo atado de manos.

Y luego esto, lo del entierro. Aquí me han sentado los muchachos, y yo ya no me muevo hasta que caiga la noche. Si la gente lo hace por bien, pero tengo el lomo resentido de tanto palmetazo, y la lengua, si ya sabes tú lo que se me atasca en tiempos corrientes, ahora parece un leño con astillas. Si es que me raspa la vida, rediós, si es que para que quiero yo seguir el carrete si contigo se ha partido por medio. 

 

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