Ernesto

Ernesto empuñó el bastón con fuerza y dio media vuelta. Antes de salir por la puerta reprochó a la madre su ficticia compasión, reprochó su supervisión constante y hostigosa y dijo que la misericordia no cabe donde hay altivez. La madre apretó los labios y tragó, como si la rabia le hubiera entrado dentro y ella no quisiera mostrarla. Ernesto permanecía de espaldas y todos contemplaban su mano, su mano furiosa y defensora, su mano justiciera que oprimía la empuñadura del bastón como si éste fuera subversión y Ernesto la estrangulara. Todos los allí presentes contuvieron por un instante la respiración y el silencio retumbaba con la melodía fúnebre de la ausencia, con la cadencia agonizante que impone el vacío cuando nadie es capaz de romperlo. Ninguno esperaba aquellas palabras de Ernesto, ninguno imaginó que con su tara fuera capaz de imponer orden, de encuadrar su integridad, sin embargo ocurrió, y sus familiares, los que allí acudieron aquella tarde, no estaban preparados para asumir y enmendar los errores. La madre carraspeó mientras increpaba a su hijo con frases hechas, con palabras artificiales y argumentos caducos. Ernesto no contestó, se giro hacia los presentes y se quitó las gafas que le escudaban los ojos. Valiente, Ernesto fue valiente y descubrió una mirada derramada, un dibujo diluido que mostraban los trazos imperfectos de la vida, la suya y la que pensaba disfrutar con sus ojos emborronados, con sus ojos de acuarela. Se produjo un suspiro conjunto después de que Ernesto dijera que lo miraran porque ese era él, tal cual, y no admitía pesadumbres ni compasiones ridículas, que él era ciego de ojos pero que otros cargaban cegueras mucho más lamentables que la suya, y mientras pronunciaba las últimas palabras se golpeaba con la mano derecha el corazón.

 

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