Maria

Las puertas del metro se están abriendo. Parece que la gente lleva prisa. Comienzan a bajar y cada uno elige su destino. En unos segundos la parada se vacía, tan solo una mujer transita con paso lento, como si cada pie cargara un lamento y la amargura se pegara como condena. Se llama María, la mujer se llama María y lo único que le satura la cabeza es la idea de su propia muerte.

Hace meses descubrió un bulto en su pecho izquierdo. No le dio importancia. Quizá no estaba en un buen momento, una separación, un despido repentino… quizá no quiso agrandar el costal de mala suerte. Sin embargo, en lo más hondo sabía que aquello era alargar la agonía; el silencio no desdibuja ningún suceso. Al final acudió, al final se dejó ver por el ginecólogo y fue entonces cuando saltó el espanto. No había tiempo que perder, ni siquiera, probablemente, ni tiempo para aprovechar. Aquello fue el grito contenido de una mujer cobarde, otros tuvieron que tomar la voz.

Ahora se dirige, de nuevo, a la consulta del médico. Hoy le darán los resultados. Siente que la vida se ha precipitado sobre ella, siente el desorden de un final que no sabe cómo encajar, siente el deseo inconfesable de deshacer el camino y esconderse como una desgraciada pusilánime. Pero ya no es una niña para correr, ya no es una niña que cierre los ojos y piense que entonces nadie es capaz de verla, ahora es una mujer, y los años le exigen valentía, un arrojo que lamenta haber perdido en algún pasado incierto. Eso es, ahora, María advierte su vida como un trazo borroso.

 

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