Garabatos

Habitualmente me enredaba con aquella luz, la que se guarecía entre los cuatro cristales del farol que prendía de la fachada de la iglesia. Por la ventana miraba con los brazos extendidos sobre el alféizar y mi cara apoyada sobre los nudillos de la mano. La tarde se consumía y con ella el telón se bajaba, haciendo desaparecer a las gentes que correteaban con la luz del día de un lugar a otro, entre risas y enfados, entre voces al aire, entre conversaciones descifradas desde la altura del tercer piso. Y era entre el vacío de las calles pellizcando mi corazón desolado, cuando aquel farolillo oxidado y viejo se iluminaba, y mis ojos corrían tras él, y lo contemplaban desencantados, arrastrados tras el patético y monótono cimbreo de su luz agotada, y deseando cegarse con el amarillo de su corazón, aquel que latía entre el cielo y la tierra envuelto en un misterioso cuerpo de cristal.

Tenía diez años y llevaba muchos de ellos asomada a la ventana, observando la piedra desgastada de la iglesia, observando la frialdad de su campanario, observando atrapada en la doliente soledad de una niña entristecida y sacando la cabeza por cualquier lugar que me dejara respirar otro aire de menor espesura que el de mi casa; en aquel momento una pequeña ventana. Al principio me tenía que subir a una silla, aunque el tiempo hizo que prescindiera de apoyos y con diez años el cuerpo me daba para no tener que encaramarme a ningún mueble: con los pies en el suelo era capaz de escudriñar cada detalle que aquel cuadro mágico me ofrecía.

Andrés, mi hermano, observaba con la prudencia inagotable de su silencio confuso, como queriendo estar y sin ser capaz de intervenir. Todo, en aquella casa, tenía un olor de penuria y turbación, salvo mi madre y Andrés que de vez en cuando sonreían y siempre estaban, aunque en ocasiones, por las noches, también me hacían llorar, cuando me acordaba de ellos y la desdicha que vivían. Andrés era cuatro años mayor y a pesar de no llorar ni ser dado a la nostalgia, supongo que también sufriría porque los dos éramos parte en el singular asunto.

Aquel farol temblante se apoderaba de mí cada noche y yo me entregaba a él gustosa. De vez en cuando conseguía escapar de su fulgor y revisaba las calles desérticas, esperando, y luego volvía a su luz hasta que el eco de unos pasos escalaba, medroso,  por el aire y me anunciaban la llegada de mamá. Ella levantaba la cabeza y me buscaba con una sonrisa desvaída, sabiendo que los ojos de su niña estarían tras el cristal; yo sacaba la mano y saludaba, y los ojos se me llenaban de lágrimas, imprecisos en su acción, emborronados y confundidos entre una alegría inmediata y una tristeza honda.

Andrés y yo enfilábamos el oscuro corredor hasta llegar a la entrada, abríamos la puerta y entre caricias recibíamos a mamá. Ella se deshacía sobre nosotros, intentando con sus manos cubrir todas las carencias del día, como si su cuerpo fuera manta y nosotros solo hubiéramos tenido frío. Tras una larga jornada de trabajo, limpiando, cargando, entregando su vida en prenda a cambio de un salario indigno, su rostro se perfilaba con nuestros colores y un guiño tierno le florecía con la frescura de su juventud seguramente arrebatada.

Por fin estaba en casa, con sus hijos, con sus cosas, y aquella noche, como otras, sin su marido. Nosotros continuábamos con normalidad, como si nada faltara y en lo más íntimo como si todo hubiera escapado. Mamá nos preparaba la cena y sonreía con la esperanza incierta de hacernos sentir, por un rato, felices. Nosotros compartíamos con ella las anécdotas del día: los excelentes resultados escolares, la relación con nuestros compañeros o las tardes sin madre y con cualquiera. Mientras nuestras lenguas hablaban, nuestros corazones callaban las faltas porque de carencias todos sabíamos. Luego nos tendíamos en el sofá y ella, con las yemas agrietadas de sus dedos de sirvienta, nos acariciaba la cabellera y Andrés y yo nos sentíamos como si el paraíso nos ofreciera un refugio lleno de glorias y placeres. Después nos dábamos las buenas noches y caminábamos hacia la cama.

Al pasar por la ventana no podía evitar sacar los ojos tras el cristal, mirar de soslayo aquel corazón áureo que latía prendido de la iglesia y acordarme de papá. A pesar de la preocupación, la inconsciencia inevitable de la niñez, evitaba el desvelo, y conseguía dormirme con premura, bamboleándome entre el dulzor de los sueños, limpios y cálidos amén de remotos.

A veces amanecía y la cama de mamá continuaba con un hueco a su derecha, aquel que daba cuerda a nuestra preocupación. Otras, un hedor ácido y cuajado emanaba de su alcoba confirmando que el hueco estaba ocupado y papá había regresado. Su presencia nos serenaba y agradecíamos que hubiese vuelto y no lo hubieran encontrado arrojado en cualquier esquina con la fetidez propia de la putrefacción de los cuerpos. Había regresado y con eso era suficiente. Lo más triste era cuando sus tumbos y sus gritos desproporcionados reclamando dinero o cualquier disparate que el perturbador alcohol quisiera cargar, se acercaban a nuestros sueños, y como tres peleles nos agarraban por la pechera y en volandas, con las patas colgando, nos sacaban de nuestra guarida y nos despeñaban a la más corrosiva realidad.

Mamá acudía a calmarlo, intentaba que se quedara en casa y no volviera a salir, sin embargo, la intoxicación mandaba, y hablaba, y reclamaba, y con sus leyes de hierro nos golpeaba allá donde las varas no llegan, allá donde los dolores son inagotables. Andrés también acudía, como hijo mayor, y obcecado, desde siempre, en salvaguardar a su madre. A mí me escondían en el cuarto para que mis ojos no vieran, para que el saco de los malos recuerdos no se desbordara, sin reparar en que los ciegos también sufren, sufren  porque oyen, sufren porque sienten y yo sufría porque era ciega de mentira y por la rendija de la puerta entreabierta veía como la figura de mi padre se deshacía en su forma, descompuesta y derrotada por la acidez de su adicción.

Rara era la vez que conseguíamos serenarlo y persuadirlo para que se metiera en la cama y dejara pasar el asunto; raro era porque cuando su adicción venía guerrera cargaba con munición pesada y arrasaba en su intención, fuera cual fuese, incluso aunque no existiera. Revolvía los cajones enfurecido mientras su boca se convertía en un arma peligrosa que encañonó y disparó, su boca mató y enterró a los que más quiso. Luego se marchaba y el golpe de la puerta daba por precintado un cementerio de desgracias, nuestra casa, un campo santo desmantelado y sin religión.

A lo largo del día aparecía, eso cuando no recibíamos la llamada de la policía o el hospital. Nuestro padre, un borracho, un mendigo de la integridad, un tirado y poco más. Cuando sus poros exudaban el veneno que lo convertía en una fiera venían las lamentaciones, para él nuevas y para nosotros como una tortuosa continuación.

“Te quiero mucho, nena, verás como no lo vuelvo ha hacer, eres mi ratita, por vosotros esto no volverá a pasar” Hermosas palabras cuando se convierten en realidad, las que mi padre me decía, sinceras, por supuesto, a la par que imposibles. Intenté creerme sus promesas tantas veces como las ofreció, y dejaba que me abrazara, y dejaba que me besara aunque los años me fueron enseñando su improbabilidad, su distancia con la realidad. Mamá también las creía, y Andrés, todos, lo creíamos todos porque era nuestro padre y sin saber bien el por qué lo queríamos de forma incondicional. Probablemente él también nos amaba y nos lo dijo a cada momento aunque jamás lo demostró.

Mamá nunca lo juzgaba, nunca cargaba sobre él, incluso lo excusaba por su debilidad haciéndonos creer que las personas más frágiles son las que caen en esos desbaratados asuntos, nos convencía de lo que ella misma creía. Ella lo amaba, fue su único amor, el único hombre al que se entregó, al que le dio dos hijos y el que le usurpó la vida. Sentía que debía cuidarlo, sentía como propia una carga de otro, probablemente sentía la esperanza de que un día, no muy lejano, todo esto cambiaría.

Tras el arrepentimiento venían días calmos, días donde mamá trabajaba y nos quería, días donde papá andaba a las suyas y nos engatusaba con cariños a ratos. Luego llegaba el fin de semana y me convertía en ciega de mentira, como otros anteriores, repetidos, unos tras otros, unos tras otros…

 Fragmento del cuento "Garabatos de la infancia".