Ojos de agua y sal

Mire desde aquí el cielo, madre, mire como trotan las nubes, como si detrás dejaran una puerta y corrieran todas escapando de ahogos. Hasta parece que sonríen si las mira usted con deseo. Un día dijo el maestro que las nubes se mueven empujadas por el aire, y si uno las sigue con los ojos puede descubrir un millón de formas, como si el cielo estuviera lleno y ellas nos dieran pistas de lo que guardan, como si presumieran orgullosas desde tan alto. A partir de entonces, en el patio de la escuela, el Joselillo y yo pasamos el rato mirando, hasta un duende dijo que vio un día, y yo le creo, madre, porque otra vez a mi se me antojó que había una bruja con escoba y gorro.

Venga aquí, mire que roca, ¿la ve? Parece un rosquete de los suyos, parece que alguien le ha dado un mordisco por abajo y ya no quiere más. Joselillo no se va a creer lo que vemos, ¡el mar, madre!, tantas veces había oído hablar de él. Porque usted dice que el agua tiene sal y revuelve el cuerpo si se bebe, pero dan ganas de echarse al suelo y sorber su frescura, que el pilón del pueblo no tiene tanta claridad. Pero de todo, lo que más me gusta es andar por la arena, que si uno se quiere esconder no hay forma, que los pies se meten bajo el suelo y las huellas son unas acusicas.

Mire, cierre los ojos, voy a correr y a esconderme y verá usted como en menos de nada ha dado conmigo. Corro, madre, corro y grito porque estamos solos, y quiero decirle a las nubes que se asomen, que ellas tienen mucho allí arriba, pero aquí abajo está el paraíso, el mar, madre, y su rosquete mordido, y nuestras huellas por todos sitios, ¡corra conmigo, corra y grite!

 

simb audio1 

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar