La entrega

Hortensia se agarraba el vientre mientras lloraba. Estaba en la calle y la lluvia le atravesaba la ropa. Ni siquiera reparó en el dolor de sus huesos, ni en la fragilidad de sus riñones sobrecargados, tampoco sintió la tirantez de sus tobillos; Hortensia estaba embarazada de nueve meses y sabía que pariría para otra.

Se arrastró cuesta arriba, y los zapatos chapoteaban entre el barruche del camino. Se detuvo frente a una puerta y con el puño aporreó la madera. Una mujer abrió y la hizo pasar. No se cruzaron palabra, solo se miraron. Hortensia se levantó las sayas y un reguero de sangre le recorría el muslo.

—Estoy de parto. — anunció.

— ¿Me lo entregarás?

Hortensia se acuclilló por la intensidad del dolor.

— ¿Me lo entregarás?

Hortensia levantó la mirada y asintió.

La mujer sonrió, y de un grito llamó al marido. Aquella misma noche sería madre, aquella misma noche traería al mundo aquello que le había atormentado durante años. Una ausencia, una inutilidad inoportuna, tiempo de sequedad y lamentos que ahora se convertían en pura dicha. Se sacó el cojín del vientre y se remangó.

— ¡Agua caliente, Manuel, y paños, paños limpios, date prisa, que ya llega nuestro hijo!

Hortensia se tendió sobre un jergón que encontró cerca. Cerró los ojos y lloró. Las dos lloraban, la mujer lloraba de alegría, ¡bendito momento el que estaba viviendo, bendita suerte la de poder ella misma sacar del vientre a su hijo!; Hortensia lloraba la ausencia, aún la criatura se refugiaba entre sus carnes, aún no había sufrido el dolor inclemente que la partiría en dos, sin embargo sabía que pronto entregaría lo que ya amaba. 

 

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