Luna-madrehija

 

“Luna salía siempre de noche, descalza. Levantaba la vista y miraba hacia arriba, a la oscuridad brumosa. Todos observaban la dirección de sus ojos, pero nadie percibía nada, ninguna silueta, ninguna persona, aunque ella parecía mantener diálogos o secretos con algún extraño. ¿Con quién?, se preguntaban, si en el cielo tan solo estaba el astro blanco.

Y comenzaron a llamarla la loca de la noche, que medio desnuda, salía al frío y las sombras, a hurtadillas, vestida de plata y blanco. Pero ni los insultos la importunaban, porque Luna parecía siempre hechizada. Y volvía después sobre sus pasos, sobre la hora del alba, y caía en su lecho. A medida que avanzaba el día, los lugareños se asomaban a su ventana, y la observaban, la husmeaban. Su cama siempre cubierta de escarcha y lágrimas. Algunos querían entrar, ¡dios sabe con qué motivos!, pero el guardián vestido de amarillo y rojo custodiaba su puerta, y cuando algunos intentaban girar su pomo, se quemaban, como si los dedos que protegían su madera fueran de fuego. Después, el extraño rubio se alejaba y miraba también hacia arriba, aunque jamás nadie osó preguntarle qué es lo que observaba, o a quién se dirigía, y se limitaban a apartarse de su camino, preguntándose tan solo si también él dormiría con lágrimas en su cama, si guardaría algún secreto compartido con ella, algún secreto que a la vez los unía, y los separaba.” 

Jose David Moncayo

—Y así acaba el cuento, niña, y ahora acurrúcate aquí, sobre mis rodillas y prueba a  dormir un rato—dijo la abuela mientras  alisaba la tela de su falda.

—Pero abuela, yo creo que esa mujer no pudo ser mi madre—desaprobó la niña con los ojos abiertos por el desconcierto. — Yo pienso que esa señora era la misma Luna y el guardián el Sol, que cayeron en la tierra por alguna desgracia, por eso, abuela, por eso aquí no consiguieron ser felices.

La niña se encogió sobre las piernas de la abuela y sus ojos se le llenaron de miedo. Desde aquel refugio se escuchaban los aviones muy cerca, el ruido doloroso de las bombas al detonar, el estremecimiento de la tierra y su llanto atronador.

—Anda, calla, no digas tonterías. Tu madre fue más grande que la luna, niña. Y su magia envolvía a todo aquel que se le acercara.

La niña encogió el cuerpo todo lo que pudo, entre el de su abuela, asustada por el fragor de la guerra sobre sus cabezas.

—Además eligió al mejor de los hombres, ya te dije que esos rizos dorados que nacen en tu cabellera te los regaló él, los confeccionó idénticos a los suyos, así todo el mundo sabría que eras hija del guardián. Ese fue su deseo.

La abuela intentaba descifrar la mirada de la niña entre la penumbra del refugio sin ventanas, perfiladas, las dos figuras sobre la tierra del suelo, por un candil de metal envejecido.

— ¿Seguro, abuela?

—Claro, niña, ¿me crees capaz de lanzarte un embuste?

La niña movió la boca hacia un lado, dibujando sobre su rostro lo que pudiera ser el germen de una sonrisa. La abuela llevó el dedo índice hasta aquel principio de alegría y alargó todo lo que pudo aquella comisura todavía esperanzada.

—Ríe, pequeña, ríe porque si tú abres la boca das contento para las dos.

Durante rato se miraron, sin cruzar palabra. La niña continuaba con su intención, curiosa, deseando aclarar de una vez por todas, lo que tan complicado le resultaba encajar.

—Pero nunca me dijiste cuál fue su secreto, ese que a la vez los unía y separaba.

La mujer estiró sus piernas, como pudo, cansadas ya de permanecer tantas horas en la misma posición. Intentó recolocar la espalda sobre el muro de piedra y lanzó un agónico suspiro como queriendo contener lo que irremediablemente le venía encima.

—Su amor, ese fue su secreto.

— ¿Su amor? ¿Y qué mal hay en que un hombre y una mujer se amen, abuela?

— ¿Oyes esos ruidos allá arriba? Nadie sabe por qué ocurren estas cosas. Ellos tampoco, pequeña. Tu padre era rojo como el sol de la alborada y tu madre se enamoró de sus destellos, del fulgor de su vida. Ninguno le avisó que aquello que tanto le maravillaba se convertiría en distancia y sin razón. ¿Comprendes, niña mía?

La pequeña calló. No había entendido gran cosa y quiso esperar a ser tan mayor como su abuela para que le resultara sencillo vislumbrar aquellos acertijos de mayores. Lo que la niña no sabía es que jamás comprendería nada.

Montse Espinar

encuentro1

  

Valencia, 8 de abril de 1980

    Llovía cuando salimos del Tropic Bar. Los dos nos mirábamos con sofoco, como dos adolescentes, curioso pasado que se nos embestía con frescura. Aún recordábamos nuestras sonrisas picaronas: bocas abiertas recogiendo el mundo; aún guardábamos los besos cautelosos: miradas furtivas creadoras de ilusiones.

No llevábamos paraguas, ni abrigos, la tormenta estival nos sorprendió como el encuentro casual en aquel bar. Manuel me agarró de la mano y corrimos hacia el coche. Nos llenamos de risas nerviosas, nos llenamos de ganas, nos llenamos, sí, dos viejos colmados de deseos.

Las piernas no me daban, tantos años sin correr…, y temía caer sobre el suelo mojado, sin embargo, Manuel me estiraba con desespero, me estiraba y corría. No hubo tiempo de llegar al coche. Estábamos empapados. No hubo lugar a palabras fingidas, ni a galanteos artificiales, no, el tiempo se nos había escapado, ¡maldito tiempo que todo se lo lleva!

Manuel me agarró por la cintura y me apretó contra su cuerpo, todavía contundente. Uno frente a otro, miradas nerviosas, labios hambrientos. Recorrió su lengua por mi cuello, bebiendo las gotas que chorreaban por mi piel, lamió con los ojos cerrados, curioso, empeñado en recordar lo que un día probó. Llegó a mis labios y los bordeó con la punta de aquel pincel que dibujaba rincones: lengua diestra, sueños de acuarela. Provocó mi deseo, enervó una lujuria desconocida que exigía una invasión inminente, carne contra carne, mezcla necesaria. Abrí los labios y tragué su carne, lamí sus sabores, como dos locos abrimos nuestros cuerpos empapados, en plena calle, a dos palmos del coche.  

El cielo redobló sus intenciones y una cortina de agua regaló privacidad al encuentro sobre el asfalto: charcos recogiendo caudales, nubes fisgonas y tacto macizo, recorrido calado. Nos besamos, como dos animales callejeros nos abandonamos ante las ganas, ante la furia contenida que los años imponen sin arrepentimiento. Locura, sí, hombre y mujer y licencia sobrevenida. ¡Qué justiciero es el destino!

Siempre tuya, Elia

 

<<¿Quién era ese hombre?>>

El funeral ya había acabado hacía seis horas, y Ana seguía revolviendo entre la basura de su padre: brochas, libros, cubos (decenas de cubos de pintura vacíos para todo), bicicletas (más bicicletas que hijas), lienzos, cordeles de todos los tamaños y texturas, poemas, cartas… Una de ellas se deslizó hasta sus pies como una hoja mecida por la gravedad. Era una escritura sincera, abierta, no como aquellos sonetos indescifrables que poseían al viejo. Era la carta de una mujer, ¿sería ella?, ¿sería aquella?: la otra, de la que hablaba su madre. ¿Sería la carta de la misma mujer que había arrancado a su padre del brazo de su madre, la culpable de que él se quedara a dormir en el campo…? Durante su infancia y su adolescencia solo lo veía a la hora de comer, en aquel piso que reinaba su madre sin ser suyo.

Ana se sentó en la misma mecedora que tantas horas había masajeado, con sus manos de mimbre, los huesos de su padre; donde su prima le había dicho que se pasaba las horas de su jubilación leyendo. Su prima, la misma que se había acercado a ella junto al nicho de cemento mientras terminaban de sellar el ataúd, la había abrazado, y con lágrimas le había susurrado: “Tu padre te quería, podía no parecerlo…, pero sé que te quería muchísimo”.

<<¡Qué derecho tenía!>>

–Qué sabrás tú de mi padre…

–Pues sé que quería haber sido mecánico en vez de pintor…, pero sus padres no le dejaron –empezamos a pasear entre cipreses y ángeles de piedra–; sé que le echaba la culpa a la guerra por haber liberado a su padre de la obligación de llevarlo al colegio; sé que aprendió a leer y a escribir por su cuenta, y que aún así, se seguía llamando a sí mismo analfabeto; sé que tenía algo de azúcar y ácido úrico, y que se privaba de comer por ello diciendo: “Toda la vida pasando hambre…, antes por no tener, y ahora por no poder”; sé que la artrosis no lo dejaba quieto y que no fue la razón por la que dejó de escribir –llegamos al aparcamiento–; sé que amó a una sola mujer con la que no se pudo casar y que la sobrevivió con arrepentimiento y amargura; y sé que quería a sus hijas por encima de todo, porque os ha dejado lo que más ha valorado y querido en su vida: sus sonetos; su campo. Yo sé quien era tu padre, si tú quieres saberlo, saber la otra verdad, tengo el coche ahí mismo, te puedo acercar…

Su prima, después de hacerle una visita guiada por lo que fue su padre, la había dejado allí sola, en aquel campo, entre sus cosas cargadas de él y vacías de sí mismas. ¿Quién había sido en realidad aquel hombre? ¿El pintor de brocha, o el de pincel? ¿El poeta? ¿El ciclista? ¿El marido? ¿El padre? ¿Manuel?

Ana se quedó dormida en la mecedora con las perras respirando a sus pies y el regazo lleno de los sonetos agridulces de su padre; abrazada a las cartas de aquella mujer, sin saber, si desbordaban cuentos o realidades. Así fue como la encontré a la mañana siguiente: resacosa de lo que pudo haber sido; resacosa del maldito tiempo.

¡Qué justiciero es el destino!; para quien quiere oírlo.

 

Montse Espinar y Alisa De Trevi