¿Nos han educado para decir lo que pensamos? ¿Nos han enseñado a mostrar lo que sentimos?  ¿Somos, acaso, víctimas de la hipocresía de la falsa educación que premia el fingimiento y la cortesía opresora? ¡Basta!, la prudencia no significa mutismo, la amabilidad no hermana con la resignación y la educación no obliga a la sumisión irracional. Rebelémonos a lo absurdo, a lo tendente; ignoremos la carcajada colectiva y acerquémonos a la sonrisa tímida que asoma por la abertura de lo único, de lo original, tal vez, de lo auténtico.

Los designios de la vida, caprichosos y engoladamente tornadizos, en ocasiones, nos colocan en realidades de las que no sabemos muy bien cómo escapar. Porque sí, rebuscando en esa sinceridad que se suele camuflar por la más básica supervivencia, hay momentos donde el único propósito al que somos capaces de acceder es la huida. Sin embargo, desaparecer no es siempre posible y no nos queda otra que dejarnos arrastrar por donde la buena o la mala ventura nos quiera conducir.