Para aquellos que quieren escuchar.

Hace dos días leí la noticia de la pintora Sara Calleja. Empezaba con un titular en negrita que decía así: “Mi vida estaba en sus manos, señora jueza. No lo soporto más. Christian me lo robó todo. Él ganó.” Luego en letras de cuerpo menor, aunque todavía precedidas con un símbolo destacado, continuaban los siguientes epígrafes: “Sara Calleja acabó con su vida el pasado once de julio tras dos años de acoso”. “Horas antes dejó una carta a la juez exponiendo su desaliento judicial”. “Había puesto diecinueve denuncias, hubo tres juicios, dos órdenes de alejamiento quebrantadas y nueve meses de cárcel para su ex pareja”

La muerte de Sara Calleja se consumó el once de julio de este mismo año, pero la artista comenzó a agonizar en el 2010, cuando se reencontró con un amigo de la infancia que la llenó de ilusiones. Él era Christian y con él se marchó a Bélgica donde desgraciadamente inauguró su cuenta atrás. Mentiras, insultos, amenazas…Centenares de mensajes diarios en su móvil, a través de Facebook, a sus hijos, a sus amigos, a su madre de ochenta años. La arruinó económicamente y arruinó las ganas que tenía la artista de continuar la vida; no, no podía continuar, porque el miedo había roído perniciosamente todo su aliento. La aisló y, cuando ella pudo escapar, cercó su existencia con el alambre erizado de su boca contaminada.

“Muchas mujeres retiran sus denuncias porque es una agonía aguantar un proceso del que nunca sales entera. Tienes que pasar por un scaner para que decida alguien que no sabe por lo que estás pasando (…) Y aun así te ponen en duda” “Estoy muy cansada y necesito descansar, mi vida es insoportable” “No soy capaz de salir sola a la calle” “Las leyes son una mierda: dependen de para quién y sobre todo de cómo se aplican” Estas son algunas frases que aparecen en la carta de Sara.

Y yo, que desde hace dos días no me quito esta triste noticia de la cabeza, me pregunto ¿qué se ha hecho mal? ¿Por qué este hombre quebrantaba la ley a cada momento y nadie hacía nada? ¿Por qué se permitió que anulara la vida de una mujer valiente? Ella había denunciado, Sara había tragado su vergüenza, su miedo, sus emociones confundidas de mujer maltratada, con arresto, con ese valor que arrancó de su cuerpo dañado. Y no una vez, no, una vez no, fueron diecinueve las denuncias de una mujer esforzada, de una mujer que, probablemente, en más de una ocasión tuvo que pintar las ganas. Las ganas por la vida, por un laberinto de desgraciados acontecimientos que mermaron la luz de la artista. Y de la madre, porque Sara, a sus cincuenta y dos años, tenía dos hijos, Andrea de treinta y dos años, y Elio de veintiocho. Seguramente quiso ser ejemplo para ellos, seguramente, pero hoy Sara está muerta y nadie hizo nada. Nadie. 
Y ahora ¿qué hacemos? ¿Quién se hace responsable de esta muerte? Violencia de género. ¿De qué género? ¿Violencia que ejercen los de género imbécil, los acomplejados e incapaces de mirar sus vidas incompletas, obsesionados en seres libres que con la comparación disminuyen sus escasas virtudes? ¿Es ése el género? Dejemos tanta división, tanta diferenciación absurda y cobijemos al maltratado. Simplifiquemos y olvidémonos de apreciaciones inadmisibles. Sara era una persona maltratada y se demostró. El adolescente que es acosado en el instituto, el separado que es manipulado con los hilos dolientes (que manejan muchos desaprensivos) de los hijos. Hombre, mujer, niño, niña… ¿acaso el sexo diferencia el dolor? ¿Qué pasa con los matrimonios homosexuales? No nos perdamos en florituras, en burocracias inservibles y de una vez a ver si conseguimos que los que imparten justicia se vistan con ropa de trabajo y respiren el olor a mierda de las desgracias que llegan a sus despachos. Apestemos a todos con semejantes calamidades, contaminemos de inconformismo a aquellos que saben cambiar las cosas. Porque ¿acaso esos profesionales ya lo hacen y son las leyes, los mecanismos, los que coartan su voluntad? Yo, humildemente, solo puedo protestar y patalear y, entretanto, escribir unas cuantas letras a ver si consigo que lleguen al sitio adecuado. Esperemos que haya suerte para todos los que sufren el dolor del maltrato. Esperemos.

Montse Espinar (Tinta en las grietas)

 

 

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